Diario de León

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Suele decirse que a los buenos amigos los cuentas con los dedos de una mano. A mí tal cálculo no me cuadra: necesitaría. como mínimo, las dos. A lo largo de tu vida, has de amputar y eres amputado, pero es que no siempre lo que llamamos amistad resultaba serlo. Un amigo, el gran crítico literario, Víctor Fuentes, afincado en Estados Unidos desde los años cincuenta, me recomienda El libro de la alegría (Grijalbo), tras haber leído mi anterior columna, sobre el desahucio y muerte de Mari Carmen. Sus opiniones tienen siempre gran peso para mí, y no por ser nonagenario. Nuestra amistad tiene ya décadas, siempre la he vivido como una bendición, pero ahora más. En el libro, el periodista Douglas Abrams, trascribe el diálogo entre dos premios Nobel de la Paz: El Dalai Lama y el clérigo anglicano Desmond Tutu. Fuentes sabe que esta semana participaré en el congreso internacional Cervantes alegre. Se alegra por mí. Ya años atrás me había recomendado que leyese dicha obra. Ahora lo haré, a mi regreso. Me adelanta cuáles son los ocho pilares de la alegría, según ambos. «De la mente: perspectiva, humildad, humor y aceptación. Del corazón: Perdón, gratitud, compasión y generosidad». Al menos, dos de ellos aparecen con frecuencia, explícitos o implícitos, en estas columnas: humor y perdón. Si lo hacen es porque laten en el corazón colectivo, no solo en el mío.

Cada vez son más frecuentes voces que, desde distintos ámbitos, proclaman discursos críticos… pero en positivo. Según declaraciones del actor Ben Affelck: «Cuando tus padres mueren te das cuenta de que los resentimientos y estar siempre ofendidos son pérdidas de tiempo»; según otras de la periodista y escritora Rosa Montero: «Se puede intentar salvar el mundo siendo buena persona». Salvémoslo. La humanidad quiere seguir siendo humana.

Estar alegre no es lo mismo que serlo. Estarlo es circunstancial, serlo no… bella paradoja, a menudo contracorriente de lo previsible. Lo sé, de repente, todo parece derrumbarse. Todo, no… cuando te queda el consuelo de la amistad. Lo he escrito ya en otras columnas: si cuento amigos no me bastan con los dedos de una mano; necesito las dos, más los guantes. Leeré El libro de la alegría. Ahora, sí, amigo.

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