Diario de León

Enrique López González

Elegía a Juan-Lozano, presidente de La Concordia

Funeral de Juan Rodríguez, padre del expresidente Zapatero

Funeral de Juan Rodríguez, padre del expresidente ZapateroVirginia Moran

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Nos quedan cosas que contarte, Juan. Esa es hoy una de las formas más hondas de tu ausencia: saber que la vida seguirá trayéndonos preguntas, motivos de alegría, alguna indignación, y que ya no podremos buscar tu parecer ni escuchar tu respuesta. León continúa con sus ocupaciones; nosotros también tendremos que hacerlo. Mas algo ha cambiado en el modo de habitar la ciudad. Falta el amigo. Falta una voz que sabía ofrecer claridad sin herir. Todavía nos cuesta hablar de ti en pasado.

Para quienes tuvimos la suerte de conocerte, tu nombre convocaba una confianza. Estaban el jurista, el conversador, la memoria prodigiosa, el humor refinado; pero todo pertenecía a una misma persona, reconocible y entera. Sabíamos que podíamos discrepar contigo sin perder tu afecto. Sabíamos que detrás de tus palabras había una conducta. Y alrededor de la mesa de La Concordia, esa confianza se convertía en una forma de estar juntos. Presidías La Concordia. Ahora comprendemos cuánto decía aquel nombre de ti. La peña, reunida el último jueves de mes desde hace más de tres décadas alrededor de mesa, mantel y vino, era mucho más que una cita festiva. Allí se encontraban la cultura, la conversación política y las inquietudes de León. 

Era un «foro de tratarse, encontrarse y no matarse»: una expresión que contiene humor y una advertencia contra nuestra facilidad para convertir el desacuerdo en agravio. Antes de juzgarnos desde lejos, convenía conocernos. Antes de romper, sentarnos a hablar. La Concordia no exigía dejar las convicciones a la puerta. Exigía algo más difícil: entrar con ellas y aceptar que los demás hicieran lo mismo. Juan-Lozano sabía que compartir una mesa no resuelve todas las diferencias, pero ayuda a recordar que al otro lado hay una persona. Mantener abierto aquel espacio requería paciencia, firmeza y medida. Había que escuchar, afirmar un criterio y devolver al humor una conversación que comenzaba a endurecerse. Él sabía hacerlo sin reclamar para sí el centro. Siempre admiré su buen hacer. 

Veía en él la encarnación de aquella auctoritas romana que tanto convenía a su personalidad: el prestigio moral nacido del reconocimiento. Su autoridad tenía raíces en la experiencia y el saber, pero se sostenía en la dignidad de su conducta. Podía defender una posición con energía sin rebajar a quien sostenía otra. Aun discrepando, uno reconocía la honestidad. Ese respeto, construido durante años, no necesitaba proclamarse. Su fundamento más profundo estaba en la bondad. Quiero nombrarla sin reservas, sin tratarla como un mérito secundario que acompañaba a su inteligencia. Juan-Lozano era un hombre bueno, íntegro, recio, honesto. Su saber le permitía comprender mejor a los demás, no alejarse de ellos. 

Había en él algo del vir bonus: el hombre cuya elocuencia encuentra fundamento en su rectitud. La capacidad de trabajo, el conocimiento y la experiencia adquirían sentido en esa disposición a hacer el bien. La historia le había mostrado muy pronto el rostro de la violencia. El fusilamiento de su padre durante la Guerra Civil dejó en su infancia una pérdida irreparable. Quedó también aquella última voluntad que renunciaba al odio y pedía paz. No sabemos cuánto cuesta, a lo largo de una vida, ser fiel a una herencia semejante. Sí sabemos lo que vimos en Juan-Lozano: firmeza sin crueldad, memoria sin voluntad de venganza, disposición al encuentro. En él, la concordia tenía la gravedad de lo que se elige después de haber conocido su contrario. Esa atención a la dignidad del otro estaba también en su manera de ejercer la abogacía. Detrás del expediente veía a la persona; detrás de la controversia, una vida alterada por la incertidumbre o el daño. «Don Juan» inspiraba confianza porque acogía el problema y a quien lo padecía. Sentía como propio el zarpazo de la injusticia, aquel arañazo fuerte y sangrante del que hablaba. La defensa comenzaba por esa capacidad de dejarse concernir: comprender qué estaba en juego para quien solicitaba su ayuda. Buscaba la justicia del caso concreto. La norma merecía respeto, pero no podía convertirse en refugio de la indiferencia. Le gustaba decir que el derecho se descubre: había que interpretar, ponderar las circunstancias, atender a las consecuencias. Exigía del jurista conocimiento y conciencia, para evitar que el rigor aparente produjera una injusticia real. Vivir honestamente, no dañar a nadie, dar a cada cual lo suyo: los principios de Ulpiano señalaban una dirección que él recorría con el oficio del abogado y la sensibilidad del humanista. Y, de pronto, aparecía el humor. Una vez un colega, también miembro de La Concordia, le provocó antes de la vista de una apelación contra una sentencia que había aceptado la tesis de Juan-Lozano. «Que sepas Juan que en la vista yo seré más breve que tú», le dijo el abogado apelante. «No lo creo, yo seré más lacónico, sobrio y fugaz que tú», le contestó Juan-Lozano. «Es imposible. Las palabras te dominan», le espetó su compañero. «Entonces, ¿qué, nos jugamos una comida?» Empezó la vista. Se levantó el apelante y dijo, «Hágase justicia.» Y se sentó. De seguido, Juan-Lozano, lo miró con ternura, se levantó y mirando a la sala con solemnidad y respeto, suavemente contestó, «Amén.». Ganó el pleito y la comida. En aquella palabra estaban la rapidez de su inteligencia, el dominio del lenguaje y una deliciosa libertad frente al engolamiento. Al recordarlo, todavía sonreímos. Y enseguida duele. Porque en esa respuesta vuelve, por un instante, el amigo. Podemos contar su ocurrencia; ya no podremos escuchar la siguiente. También esa alegría forma parte de nuestro duelo. En todo ello se reconocía una misma manera de ser. Su discreción no era prudencia calculada ni timidez encubierta; era la expresión natural de un alma que no necesitaba reflejos externos ni espejos aduladores para sostener su dignidad. Había encontrado dentro de sí un centro de gravedad que lo mantenía firme sin volverlo rígido. Desde allí podía escuchar, reconocer un mérito ajeno, defender una convicción y aceptar que otros no la compartieran. Su sobriedad dejaba espacio a los demás. Y quizá por eso la afirmación de Buffon, «el estilo es el hombre mismo», encontraba en Juan-Lozano una resonancia que desborda la escritura. Juan-Lozano no era un hombre que tuviera un estilo: Juan-Lozano era su estilo. Se lo reconocía en la palabra y en la pausa, en la firmeza del argumento y en la delicadeza del trato. No había que buscar al hombre detrás de sus maneras: estaba entero en ellas. Identificar su estilo era reconocer el latido auténtico de una vida merecedora de ser recordada. Esa independencia interior le permitía trabajar con otros sin disputarse el protagonismo. Conservo una máxima que le escuché: «No hay límite de lo que un hombre puede hacer o dónde puede llegar si a él no le importa quién se cuelga las medallas». Trabajaba, aportaba, sostenía; le importaba lo conseguido. Así queremos recordarlo: unido a los demás por cuanto supo dar. Y así comprendemos la magnitud de la pérdida. Se nos va alguien que nos ayudaba a ser mejores. Querido Juan: la plenitud de tu centenaria vida no hace más pequeña tu ausencia. Ahora necesitamos llorarte. Te agradecemos cuanto nos diste y nos duele cuanto ya no podremos compartir contigo. Ninguna palabra alcanza a reparar esa pérdida. Pero hay algo que la muerte no puede decidir por nosotros: qué haremos con el ejemplo que nos dejas. Eras de la estirpe de las águilas. Tu altura nunca fue distancia. Conociste el dolor y no hiciste de él una bandera de odio; tuviste autoridad y no la convertiste en dominio; poseíste el don de la palabra y lo pusiste al servicio de la justicia. Tu grandeza estuvo en esa fidelidad sostenida durante una vida: no rendir la conciencia a la conveniencia, no entregar la bondad al desencanto, no dejar al ser humano fuera del derecho. Esa fue tu nobleza. Ese, tu coraje. Ahora nos corresponde cuidar lo que dejas en nuestras manos. Quisiéramos que nuestra gratitud se pareciera a tu generosidad; que nuestra manera de discrepar conservara algo de tu respeto; que, ante una injusticia, no nos faltara tu disposición a defender. No lo conseguiremos siempre. Habrá días en que necesitemos tu criterio y echemos de menos tu humor. Pero tendremos tu ejemplo para volver a intentarlo. Descansa, querido amigo. Nosotros seguiremos aquí, con el dolor de haberte perdido y la responsabilidad de haberte conocido. No podremos ocupar tu lugar. Sí podremos cuidar la mesa que ayudaste a mantener abierta. Nos quedan cosas que contarte, Juan. Mientras tanto, seguiremos encontrándonos. Que haya sitio para quien piense de otro modo. Que sepamos escucharlo. Que ninguna diferencia nos haga olvidar lo que todavía podemos compartir. La muerte ha cerrado tu vida. No cerrará nuestra mesa. Seguiremos llamándola Concordia.

Quisiéramos que nuestra gratitud se pareciera a tu generosidad; que nuestra manera de discrepar conservara algo de tu respeto

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