Diario de León

EL MIRADOR

J. R. Alonso de la Torre

Palabrotas

Conversación

ConversaciónMarnix Huvaere

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A los 11 años, pronuncié por primera vez una palabra fea: cachondeo. Al día siguiente, me fui a confesar y el sacerdote, un párroco moderno que organizaba guateques, me reconvino, me recordó que decir palabrotas era indecente y me impuso una penitencia suave. Supongo que por dentro, sonreiría, pero me dejó claro que las palabras malsonantes, si no pecado mortal, sí eran una muestra de mala educación y un peligro para la convivencia.

Fue a esa edad cuando, acompañando a mi tía Matilde, que era maestra, una niña de su escuela confesó en voz alta que estaba cabreada y mi tía también la regañó y le explicó los peligros del lenguaje incontenido como preludio de la violencia y el descontrol.

Estas anécdotas hacen gracia medio siglo después. Parecen ejemplos de cursilería antigua en la España moderna de Ayuso y Rufián, que recurren al hijo de puta en público como quien sonríe en el ascensor. Es más, ese insulto, antaño el más grave en la escala de improperios, se estampa luego en camisetas.

Reniegos, maldiciones y blasfemias, que hace nada era impensable escuchar o leer en los medios, son hoy normales en columnas o en la radio, donde se dice hostia, joder y cabrón en los programas de tarde y noche con total normalidad. El lenguaje modula el pensamiento y nos delata.

Pensamos como hablamos. Además, el taco empobrece la expresión.

Mi momento estelar con los Erasmus alemanes era un monólogo en el que les demostraba que los españoles, recurriendo únicamente a la exclamación ¡joder!, podían comunicar sus estados de ánimo de la mañana a la noche. O hacemos caso a nuestras abuelas y nos lavamos la boca o cada hostia pronunciada será preludio de un hostiazo anunciado.

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