EL MIRADOR
Qué bonito es el amor

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su mujer, Begoña Gómez, en un acto de precampaña del PSOE en Fuenlabrada.
Yo no estoy en contra del amor. ¡En absoluto! Muchos sábados me adormezco en el sofá arrullado por los romances alpinos de las películas alemanas o por los coqueteos otoñales de señoras estresadas que viajan a Vermont. Son largometrajes magníficos, que desencadenan sueños dulces y sirven de grácil contrapeso a las alubias con chorizo. Hasta hoy he mantenido en secreto esa afición un poco ridícula, pero por fin he descubierto que no soy un bicho raro. Ahora sé que allá a lo lejos, en la Moncloa, Pedro y Begoña están viviendo en un musical y ni siquiera necesitan irse a Vermont para darse unos besos cinematográficos, de labios apretados y mirada febril. Tal vez esta no haya sido la legislatura de la vivienda, pero qué más da si está siendo la legislatura del amor. ¿O acaso Ábalos no amaba tierna y consecutivamente a todas sus Jéssicas? ¿Y cómo de grande y desinteresado tiene que ser el amor que siente Montse Mínguez por ese novio suyo, seguramente facha, para perdonarle que tuviera por ahí treinta pisos alquilados? La fuerza del amor ha sido tan arrolladora, tan huracanada, que puede que incluso haya arrastrado al rector de la Complutense o a los directivos de Google, gente adusta y de corazón helado.
Quienes estamos a favor del amor, no obstante, debemos mantener la cabeza muy fría a la hora de ir a votar. Ojo con eso, compañeros. Tenemos que reprimir la tentación de decorar las papeletas con dibujos de corazoncitos, flechitas y rimas de Bécquer. No vaya a ser que los fulanos de la Junta Electoral, tipos amargados y sin entrañas, declaren nulos los votos. Por si las moscas, yo ni siquiera voy a poner unas gotitas de perfume en los sobres.