Diario de León

Europa Press

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La política siempre ha sido cosa de ricos. No en dinero, ni en inteligencia, ni tan siquiera en empatía, sino en ambición. Una ambición que es de ser, pero sobre todo de estar: en boga, en boca, en el machito, pisando alfombra y embaulándose unas nóminas inalcanzables para casi todo el resto de los mortales. La vanidad y el interés propio están en los orígenes de la mayoría de los servidores públicos, haciendo buena aquella frase de Baroja en la que decía que no se fiaba de ningún demócrata que no fuera rico. Porque o se viene con la bolsa llena o se viene a llenarla ya sabemos a costa de quién, que Hacienda somos todos para lo bueno y para lo malo.

Sin embargo, en este asunto late una paradoja de difícil solución. Si los arrimados a unas siglas que se postulan para cargos tan amenos y además excelentemente retribuidos resultan ser gentes corrientes es porque acaso los más preparados y en mejores puestos no encuentran suficientes incentivos en la política. Son pocos los que se echan en sus brazos para ganar menos, por puro altruismo y deseos de servir, para mejorar la «res pública». Optimizar estos alicientes supondría aumentar aún más las prebendas de que disfrutan los altos responsables políticos y quizá resultase hasta contraproducente. Se multiplicarían los codazos, las artimañas y los apaños para colocar a ese pariente con estudios, a ese amigo de un ministro, a esa miss con derecho a roce. Proliferarían aún más esos concursos de méritos y esas oposiciones cuya norma es que parezca un accidente.

El reclutamiento de altos cargos y cargos medios en la España autonómica no es que no siga el criterio de los más válidos, sino que ni siquiera se lo propone. Es un sistema endogámico, con el objeto de asegurar la debida obediencia a las ideologías de los partidos, matizado por la inveterada corruptela hispana del favor por favor. Cuando los ciudadanos ojipláticos nos enteramos de la última pifia protagonizada por alguno de estos ascendidos al olimpo casi siempre nos preguntamos cómo es posible que con tan escasos méritos a esa persona se le dieran tan altas responsabilidades. No deberíamos sorprendernos, porque es lo habitual y lleva siéndolo una porrada de años. Y con la connivencia, me temo, de todos nosotros. Un sistema podrido por dentro.

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