Venga, medallas al pecho
A veces, al volver de la España privilegiada, se marcha la mente entre tesos de cal coronados ahora por molinazos del viento y el apagón de las renovables, entre los senderos que habría traído a la legión desde más allá del Carrión y Clunia, a duplicar la séptima junto al Bernesga; a veces, cuando babeas embelesado por las faldas del Teleno y otros Montes de León, se escucha el chasquido del dolor de los astures que a lo mejor no estaban por la labor prospectiva de Fucochico y Las Médulas; y la teoría de la economía moderna sobre qué tipo de negocio aguantaría hoy a ochenta mil curritos bajo el látigo romano mientras rascaban las lomas auríferas que horadó el agua con la patente exitosa del ruina montium. Hay rincones de León que jamás se hubieran moldeado sin la fuerza de las hostias. Pocas cosas se pudieron resistir en aquella época de desvelos a la caballería ligera que arreaba el paso a la infantería pesada. Galba armó tropa para dar un golpe de estado a Nerón. Nerón bailaría en los mítines como al amanecer de Periferia, si hubiera ido a la Azucarera. Estaba interrumpido el curso de la justicia y reclutó entre el pueblo en su provincia legiones y tropas auxiliares para reforzar su ejército, que sólo tenía una legión, dos alas de caballería y tres cohortes. A ver si les suena la cita de Suetonio entre los Doce Césares, ahora de actualidad, estos días que hay más movimiento en la milicia que cuando agitaron los arrimaderos de Oteruelo con los centuriones. Más de cinco mil infantes y cien jinetes abren en canal el espíritu de las voluntades. Paso a la Legio VII, que lo mismo saqueaba Roma que ponía firme a la Cabrera baja, una vez clonada la división. Trajano se iba a quedar mudo si se enterara de la emisión de medallas en serie con el nombre de ese ejército para agrandar el ego de los alcaldes, con la disculpa y del ademán de acercar más la política a la gente. El imperio romano cayó porque el contribuyente deseaba que llegaran los bárbaros. Otra medalla al pecho, por lo bien que lo hemos hecho. Y que corra la juerga. Que no quede por medalles, ho. Luego, no se extrañen del hartazgo del que costea los fastos de la soberbia.