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'Señas de identidad' se titula la que fue una famosa novela de Juan Goytisolo publicada por Seix Barral en 1966. Forma parte de una trilogía, protagonizada por el derrotado personaje Álvaro Mendiola, cuyos otros títulos son 'Reivindicación del conde don Julián' (1970) y 'Juan sin Tierra' (1975). Como en aquella época los libros duraban en las librerías, pude encontrarlas y leerlas en mi incipiente juventud. 'Señas de identidad', el concepto, la idea del título, se convirtió en una frase de culto, en una seña de identidad generacional.

Hay unas formas, unas señas de identidad exteriores y superficiales, en las que siempre me he fijado porque con frecuencia son detalles que dicen más de las personas, aportan más información sobre las mismas, que perfiles más profundos que pueden estar mediatizados o maquillados por la impostación, la farsa o la directa mentira.

Antes se decía: "Dime lo que llevas en el coche y te diré cómo eres". Esta apreciación albergaba algunas certezas: muñequito vacilón de Elvis (en un cuento mío, el espíritu del pobre Elvis transmigraba a un muñequito de sí mismo), placas con lemas de exaltación de la estupidez, figuras 'kitsch' de san Cristóbal y fotitos de los churumbeles con el exhorto "papá, no corras". Hoy en día, que los objetos y recursos de la vida cotidiana se han multiplicado, las señas de identidad exteriores son más numerosas y variadas. Verbigracia, cómo te suena el teléfono móvil. ¿Hacen falta ejemplos concretos? Otra seña de identidad reveladora es la de las pulseritas. A ver cuáles llevas: las de distintos colores que significan que te solidarizas con esto o aquello (creo que consuela mucho a las víctimas de hambrunas y genocidios saber que se llevan), las banderitas de patriotas o, aún más penosas, a las que se les atribuyen propiedades curativas o antiestrés. Recuerdo hace años unas de cobre que polarizaban no sé qué iones o atraían los rayos y te ennegrecían la muñeca.

Algunas señas de identidad son nuevas y tan ridículas y estrafalarias como un viejo perro menea cabeza de coche, una gorra calzada con la visera de lado o un chándal plateado. Me refiero a los grupos de 'whatsapp'. Mi récord de duración en uno fue lo que tardé en atinar a borrarme. Ya que te apuntan sin consultarte para promover la beatificación de Emilio Aragón o participar en una excursión reivindicativa del uso del euskera también cuando se habla solo.

Luego están las actividades de pérdida de identidad, lo contrario a lo de Goytisolo. Por ejemplo, en las despedidas de solteras y solteros. Novios y novias llegan al más allá de la alienación, al despojamiento de la personalidad mediante facultades rudimentarias debidas al funcionamiento automático con el cerebro reptiliano.