Ali Ahmad DANESH

Creado:

Actualizado:

Mi abuela Coloma estuvo de luto sus últimos veinte años de vida. Vestía sayones negros y no se teñía el pelo; ahora está de moda, pero entonces suponía un modo definitivo de ingresar en la vejez. Era un abuelita tópica, casi de cuento: bajita, enjuta, con uno o dos dientes, infatigable, andarina, madrugadora y con el cabello siempre agrupado en un moño.

Una vez, de niño, la pillé en camisón con el pelo suelto y me llevé un susto tremendo, como si se me hubieran aparecido las ánimas del purgatorio. Cenaba siempre lo mismo: una zanca de pollo hervida y unas espinacas.

¡Con razón vivió hasta los 92 años!

En un momento dado, comenzó a aliviar el luto y a ponerse las mismas batas negras pero con detalles blancos. A mí estas cosas me divertían porque me resultaban absurdas: ¿en qué momento alguien decidía que ya estaba bien de tanto negro? ¿Por qué razón colores inocentes como el rosa, el azul o el rojo parecían de pronto irreverentes? ¿Qué relación guarda con la muerte un frasquito de tinte L’Orèal?

Las fronteras del luto son difusas y en última instancia personales, aunque supongo que algo de silencio es necesario para digerir las tragedias y seguir adelante con la comedia humana.

Ni siquiera pido que la campaña electoral acabe en este punto. Me basta con que el PSOE se deje de amores de culebrón turco, de bailes chorras y de corazoncitos, que el PP devuelva al reformatorio al gamberro medio delincuente que le maneja las redes sociales, que Abascal deje de poner tan obscenamente el cesto para que le caigan unas cuantas nueces más.

Que todos ellos, en fin, se olviden del relato y nos expliquen con detalle cómo demonios piensan arreglar este desaguisado.