Atrapados, de nuevo, en la pendiente resbaladiza
Leo Alexander.
Leo Alexander fue un neuropsiquiatra que nació en Viena en 1905. Estudió la carrera de Medicina en la misma Facultad donde su padre, otorrinolaringólogo, era profesor. Al terminar sus estudios en 1929 se fue a Fráncfort del Meno a formarse como neurólogo y a trabajar como docente en la Facultad de Medicina. Cuando los nazis llegaron al poder en Alemania en 1933, se encontraba en Pekín con una beca de la Fundación Rockefeler en su empeño por formarse como médico especialista de enfermedades neurológicas y psiquiátricas. Tras la anexión de Austria por el Tercer Reich y cuando barajaba volver a su querida Austria, familiares y amigos le desaconsejaron el retorno, dada su condición de judío. Se fue a Estados Unidos donde continuó trabajando de neuropsiquiatra en varios hospitales y como docente en la universidad de Carolina del Norte, adquiriendo, al mismo tiempo, la nacionalidad estadounidense.
Al entrar Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, se alistó en el ejército como oficial médico y tras la derrota de Alemania se dedicó a investigar la medicina durante el nacionalsocialismo. En esa aventura intelectual se encontró con los crímenes de sus colegas alemanes que englobó en dos grandes categorías: la matanza sistemática de enfermos mentales y neurológicos clasificados como incurables (el llamado por los nazis programa de eutanasia) y los innumerables experimentos médicos realizados en los campos de concentración y de exterminio en los que los animales de experimentación habían sido sustituidos por seres humanos a los que les habían robado su dignidad. Habló con médicos que habían cometido estos crímenes, algunos conocidos de sus años de estudiante, y también con víctimas de los inhumanos experimentos. Todas estas indagaciones las plasmó en meticulosos informes que le sirvieron después para informar al tribunal durante las sesiones de los juicios de Núremberg. Para explicar los hechos que llevaron desde la primera víctima de la medicina nazi, un niño de Leipzig nacido con malformaciones al que le pusieron una inyección letal, pasando por las cámaras de gas de la denominada
Aktion T4, hasta llegar a Auschwitz utilizó la metáfora de la pendiente resbaladiza (en inglés slippery slope) que viene a decir que cuando una sociedad se desliza hacia el abismo del horror se suele comenzar con acciones que parecen bastante razonables con el fin de ganar adeptos a la causa final. Los padres del niño de Leipzig habían enviado una carta al Führer solicitando la eutanasia para su desdichado hijo. A partir de ahí, la medicina nazi se deslizó por la pendiente resbaladiza del desprecio absoluto por la dignidad humana. El siguiente paso fue introducir expresiones verbales en el lenguaje cotidiano con el fin de deshumanizar a las víctimas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas de impedir con su mera existencia el logro de un bien mayor, la pureza racial aria. Tanto a los niños nacidos con malformaciones como a los enfermos mentales incurables les adjudicaron una serie de descalificativos como
lebensunwertes Leben, es decir, vidas inútiles, sin valor vital, por lo que su exterminio estaba plenamente justificado. Había otras muchas expresiones denigrantes como comedores inútiles (nusslose Esser), enemigos genéticos de la pureza racial (Erbfeinde) o caparazones humanos vacíos por dentro (leere Menschenhülsen). Al mismo tiempo, a los verdugos que ponían la inyección letal o que llevaban a las víctimas hasta la cámara de gas se les ensalzaba como a héroes que hacían su difícil tarea en aras de la futura Volksgemeinschaft, de la comunidad étnica aria. El salto desde eliminar a los propios ciudadanos alemanes con enfermedades incurables al exterminio de los judíos europeos se produjo con toda normalidad a partir de 1942. Médicos, enfermeras y personal de seguridad fueron los encargados, por su experiencia, de instalar los primeros campos de exterminio de los judíos europeos, encuadrados dentro de la Aktion Reinhardt, así llamada en honor a Reinhardt Heydrich, asesinado poco antes en las calles de Praga. Alemania es, sin duda, el país que mejor ha afrontado su trágica historia reconociendo su culpa y convirtiéndola en razón de Estado. El
Nie wieder (nunca más) y la dignidad humana anclada en el artículo primero de su Constitución fueron, sin duda, la lección de ese pasado traumático. Pero algo se ha debido de hacer mal cuando la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD), que suele relativizar el nacionalsocialismo y decir que ya está bien de tanta culpa, está ganando las elecciones en los Estados Federales de la antigua Alemania del Este, a pesar del Brandmauer, es decir, del cortafuegos o cordón sanitario que han establecido el resto de los partidos democráticos. Si durante el nazismo los enemigos internos eran los enfermos incurables y los externos eran los judíos, ahora para la AfD el enemigo es el inmigrante, una especie de quinta columna que viene a destruir la identidad alemana y europea. Su proyecto político es devolverlos (¿a la fuerza como fueron esterilizados los enfermos mentales antes de gasearlos?) a sus países de origen. Está, pues, surgiendo una extrema derecha, capaz de arrastrar en muchos países a la derecha clásica, sin complejos por el pasado autoritario (sea nazi, franquista o comunista) y colonial, dispuesta a levantar su voz y a pactar con los déspotas del momento presente (Putin, Netanyahu, Trump, Milei y muchos otros) y que, todo hay que decirlo, ha surgido de los excesos de una izquierda convencida de su superioridad moral. Dejarse arrastrar por los extremos del arco político solo conducirá a seguir cayendo por la pendiente resbaladiza. Es el momento de que surjan nuevas mayorías ancladas en el centro derecha y en el centro izquierda que, como ocurrió en la Europa destruida tras la Segunda Guerra Mundial, dialoguen entre ellas para construir un futuro de unidad, solidaridad y progreso, asentado en la dignidad del ser humano. En España esta tarea resulta más difícil por el enfrentamiento carnal entre los dos grandes partidos y porque aquí se ha fracasado en una política de Estado para superar nuestros traumas del pasado.