Rutas nocturnas por el Cementerio de León.Daniel Martín

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Carnavalear ¡cuánto nos gusta!... es cosa que ya fatiga en este tiempo que exige disfrazarse y parecer otro para aprender a serlo después en la vida real, en el trabajo, en el flirteo, con el cuñao... Lo hacemos en Carnaval embutidos en trapos de zafarrón o ropón de princesita, de papón prorrompompón en Semana Santa, de romano guerreando contra astures, de húsar o granadero en guerras napoleónicas, de refajo y colorines en San Froilán, de templario en su delirio castillero, de moro con cimitarra de plástico, de cristianote sin dios ni vergüenza o de doncella tributada... ¡y que viva el parecer porque el ser no tanto importa!...

Estos días el disfraz y el parecer lo exigió el importado y abusivo Halloween que somete y avasalla. Plaga. Broma comprada. Simulacro de risa floja. Fiesta que viene de fuera y no sale de dentro. Caras de crío pintadas de zombis, ¡uy, qué miedo! Sansirolés a troche y papanatas a manta. Y una voz que surge cavernosa de la ultratumba comercial con timbres de caja registradora colmando el aire de ecos: Bailad, bailad, malditos, bailad... consumid, benditos, consumid... tanto gusto... el gusto es mío. En la tradición española poca broma cabe con la muerte, novia de legionarios, esposa de místicos. La costumbre quedó en reposterías o magostos, quizá algún cortejo de ánimas o responso de parroquia; y eso en el día 2, de los Fieles Difuntos, no el 1, día de Todos los Santos, el más festivo que cabe y paradójicamente invadido por el culto a los muertos, visita al cementerio y parada en la confitería para llevarle a la abuela unos huesos de santo. Pero ningún Halloween con sus terrores de risa y calaveras dulces logrará meterme el corazón en un puño como lo hizo en la noche de Difuntos una campana campanona... fue en Caleruega, Burgos, corría 1968... a las doce de la noche comenzó el día 2 a sonar con toque grave en la torre de la iglesia... un solo tañido, silencio, tañido, silencio, tañido... y así, sin cesar, toda la noche hasta el alba. Apenas pude dormir. A la vez, un mayordomo de Ánimas pregonaba por el pueblo

¡memento mori!, recuerda que morirás. No era necesario tanto.