Dos trenes de alta velocidad, uno de Renfe y otro de Iryo, han colisionado a primera hora de este miércoles a la altura de la estación de Urda (Toledo).ISMAEL HERRERO

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La geometría de los cementerios, colonizada por los tiralíneas horizontales de los panteones y la matemática vertical de los nichos, ofrece aún testimonios de esos enterramientos de un tiempo en el que las lápidas alejaban el estrato social. Sin mármol asequible, ni piedra labrada, los camposantos de los pueblos de esta tierra alinean aún, a la orilla de las tapias encaladas, sucesiones de pequeños túmulos de tierra, apenas señalizados con un pequeña cruz y unas letras, en los que se cobijan las historias más humildes. Su testimonio jalona las necrópolis que estas vísperas de Todos los Santos se pueblan de deudos para honrar a los difuntos y atender al recado que nos da la muerte para que nonos olvidemos vivir. La ofrenda se desborda este año. No cabe ni siquiera en estas fechas tanto luto como el que acaba de arrojar el tren en Urda, donde las vías han dejado un rastro de 69 cadáveres en un accidente que, en contra de las coartadas del ministro Óscar Puente, no puede despacharse como «inexplicable», sino que merece una explicación antes del amén.

El accidente, segundo con adjetivo de catástrofe en nueve meses, desnuda la realidad del tren en España. La excepcionalidad en la que quiere inscribirlo el Gobierno la desmienten las alertas de los maquinistas y operarios que, en los últimos años, sufren la falta de mantenimiento y precariedad de las condiciones en muchos tramos de la red, parte de ellos en León, mientras el gabinete de Adif cobija decenas de comisarios políticos con sueldos desorbitados. Los avisos dan cuerpo a los partes de limitación de velocidad, pero luego se esconden en un discurso mentiroso que busca hurtar la responsabilidad política. Pese a que las investigaciones han desvelado después que en el choque fallaron hasta cuatro sistemas tecnológicos, el ministro Puente, alejado por una vez del perfil de pandillero tuitero para pasar por diligente, descargó rápido su relato miserable sobre un controlador y, luego, con el auxilio de los mamporreros de la fosa séptica de La Moncloa, filtró a los afines el audio con la voz del trabajador para su escarnio público. Valiente cagalindes. No podrá esconderse. Para siempre, a la orilla de los raíles de Urda, quedan 69 túmulos, humildes, que merecen al menos descansar en paz.