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Óscar Puente aguantó la comparecencia de cuatro horas ante la comisión del Congreso de los Diputados antes de anunciar, como colofón, que se iba. La sesión había sido bronca como siempre, y más a las puertas de una campaña electoral con malas previsiones para el PSOE. Ni aun así el PP se dio por satisfecho y, después de haber pedido reiteradamente su dimisión, alegó que se había hecho por un cálculo político a la vista de las encuestas. Y eso que, en el arranque de su despedida, había reconocido la evidencia de que no se puede seguir siendo ministro ‘tras dos accidentes en menos de un año’. Pedro Sánchez lo sabía porque se lo comunicó antes de ir al Congreso. Pero la decisión estaba tomada desde el día del accidente. Sánchez, como era de esperar, alabó la decisión de Puente pese a que el PP ya le ha advertido de que a él lo van a dimitir en las urnas. Y mientras, los familiares de las víctimas siguen enterrando a sus muertos o pernoctan, agarrados a la esperanza, en los hospitales donde siguen los heridos más graves. No obstante, la política no suele soltar a sus presas. La salida de Puente, incluso de las listas electorales del 29 de noviembre, no resuelve el vergonzoso deterioro del sistema de alta velocidad, que hubiera necesitado una financiación mucho más generosa y eficaz. Y, pese a que su dimisión aligera a Sánchez del peso del accidente ferroviario como eje de campaña, ya nada va a ser igual y el PSOE no puede seguir con la estrategia del amor como eslogan para atraer votantes. Porque en Madrid, según algunas encuestas, les gana hasta Vox, que no suspendió sus mítines mientras sacaban a los muertos. Para los grupos de la coalición, los diputados de la ya extinta Sumar, Puente era un lastre inasumible y aprovecharon su comparecencia para exigirle que se fuera. Su cara de estupor al oír su discurso final diciéndoles adiós era un espectáculo. La gestión se ha convertido ahora en el eje de la campaña y todos van a intentar demostrar lo preparados que están para sacar al país adelante. Sería magnífico que ese fuera realmente el objetivo y no el ansia de poder.