Dolor y cálculo
Hablan de respeto a las víctimas y se ponen el traje de luto, pero a los pocos minutos les sale el escorpión por la lengua. No lo pueden evitar. Están diseñados para el cálculo y el ataque. Sesenta y nueve muertos, sesenta y nueve familias rotas para siempre. Datos para contener la lengua. Unos pocos minutos. Pero detrás de la corbata negra palpita el corazón del jaguar. O del salteador de votos. Ya lo sabíamos. Después de la tragedia venía el nuevo diseño de la campaña. Para todos. Menos para Vox, que ni siquiera detuvo la marcha y siguió de mitin en mitin apabullando el sentido común. Maricarmen es prehistoria. Su muerte sirvió para arrancar la campaña del PSOE. Más filtraciones. Más goteras. Más marrullerías. Todo sirve para meterlo en el guiso. Hormigonera electoral u olla podrida. Las desgracias contabilizadas como rampas o batacazos de cara a la campaña. La susodicha Maricarmen, los trenes, Ábalos y el nuevo personaje, el chófer Corvillo —nuevo fichaje para el voto y la basura-, Milei como espantajo y espantador de votos moderados que se planteaban votar a la derecha y huyen despavoridos hacia la abstención. Cada cual mordiendo donde puede. La campaña del baile convertida en un revival de las desgracias.
La dana de Valencia, las residencias madrileñas durante el covid, el Prestige. El yak 42. Todo para señalar que no somos iguales. Bastante parecidos resultan algunos en la maniobra burda. Y, sí, cada individuo es diferente. Pero la conducta indigna de Mazón, por ejemplo, no puede ser referente de nada. Medirse por lo bajo es asunto de usureros morales. Y si quieren entrar en esa rifa oscura habría que decir que Puente tampoco dimitió cuando llegó la catástrofe de Adamuz. Ha necesitado dos tragedias. Dos danas ferroviarias. Y que no sirva eso de exculpación para la miseria moral de Mazón. Pero tampoco para ensalzar como héroe a alguien que lo único que ha hecho es reconocer su responsabilidad política en dos terribles y dolorosas conmociones nacionales.