TRIBUNA
Elecciones Generales de 2026
En los tiempos preelectorales que vivimos, es casi de obligado cumplimiento, hacer un breve comentario de la participación ciudadana en política, que tuvo su origen en la Grecia Clásica (siglos V-IV a. de C.) que daría lugar a la palabra democracia cuyo significado es «el gobierno del pueblo».
Desde aquellos lejanos siglos, habrá que esperar muchas centurias hasta la llegada de la Ilustración (siglo XVIII) en la que aparecen los grandes filósofos europeos (Rousseau, Voltaire, Montesquieu, D’Alambert, Locke, etc.) como consecuencia del cambio de la mentalidad del hombre europeo que, ya habla y reconoce, los derechos de los ciudadanos siendo los principales el de la vida, la libertad y la propiedad privada. De aquí surgiría el constitucionalismo. Se admite como primera Constitución la de Estados Unidos, firmada en Filadelfia el 4 de julio de 1776, al lograr esta nación la emancipación de Inglaterra en sus duras luchas contra su rey Jorge III. A causa de ello, nacerían las exposiciones o certámenes internacionales que tienden a celebrarse cada cuatro años para conmemorar algún evento significativo de la nación que la convoca (Londres 1851, París 1855, Sevilla 1992...). Pero volvamos a los orígenes griegos para hacer una exposición muy sintética: partimos para ello de las investigaciones de un gran historiador francés, Paul Petit (1914-81), verdadero especialista de la historia de Roma, quien nos aporta también una gran cantidad de datos de Grecia (
Historia de la Antigüedad. Barcelona 1967). Fue profesor de la desaparecida Universidad de Grenoble (Francia). Sus trabajos de investigación son constantemente nombrados por otros colegas y se han traducido a diversas lenguas. La democracia se desarrolló en Atenas en el siglo V a. de C. Fue fundada, en sus principios esenciales, por Clístenes en el año 508 y mejorada por reformas parciales desde el año 487. Se estableció en aquellas fechas por la actuación de Efialtes, por desgracia poco conocido, y por Pericles quien contó con el apoyo de intelectuales como Damón y Anaxágoras, siempre deseosos de favorecer a las masas de ciudadanos. Pericles se rodeó de filósofos, escritores y artistas como un príncipe del Renacimiento. La Asamblea se reunía en el ágora, centro de la vida comercial, social y política de los atenienses. Las reuniones tenían lugar más de cuarenta veces al año. En ella, se exponía la voluntad de cada ciudadano que se expresaban de forma libre y proponían decisiones, sin que hubiera grupos políticos organizados ni diputados como hoy sucede. Aquí se resolvían los negocios corrientes, dirigían la diplomacia, juzgaban a los magistrados que no cumplían su labor y poseía iniciativas legislativas por medio de sus proyectos de ley. Lo decidía todo: la paz, la guerra, las finanzas, se nombraban los generales del ejército (estrategas), tesoreros, etc. Los magistrados de segundo orden, que hoy diríamos funcionarios públicos, eran elegidos por sorteo. La Asamblea votaba leyes y decretos, juzgaba en apelación ciertos crímenes y directamente los que se cometían contra el Estado (traición e ilegalidad). En teoría este era el funcionamiento, sin embargo, en la práctica sólo los especialistas intervenían. A los diferentes magistrados se les consideraba como servidores del pueblo. La democracia ateniense fue realmente aleccionadora para el hombre contemporáneo. Mucho nos hemos detenido, a propósito, al hablar de Grecia para señalar los orígenes de la democracia que se plasman en las constituciones donde se recogen los derechos de los ciudadanos. En España la primera fue la de 1812 durante la Guerra de la Independencia, y la última, la de 1978 durante el reciente proceso democrático al fallecer Franco. Nuestro país es una de las naciones europeas que «más han hecho, rehecho y desecho» estas leyes fundamentales. En consecuencia, mucho se ha escrito también y se sigue escribiendo sobre este proceso fundamentalísimo. El ciudadano debe acostumbrarse a conocer y distinguir los conceptos políticos, hecho que, desgraciadamente, en muchos lugares ignoran aunque no lo parezca al confundir, por ejemplo, Congreso con Senado o Cámara Baja con Cámara Alta. Aconsejamos para ello una sencilla obra:
Breve historia del constitucionalismo español, de Joaquín Tomás Villarroya. La Política como disciplina, hay que considerarla como «el arte de hacer feliz al ciudadano», sin embargo, esa realidad habría que recordársela a muchos políticos actuales que dotan a los ciudadanos de continuas falacias. Afortunadamente y a pesar de lo que continuamente se ha predicado, votaremos en las próximas elecciones del mes de noviembre.