viernes 30/10/20

Las brujas

Llegan fechas en que los días menguan y las noches abarcan cada vez más espacio de nuestra vida cotidiana. En otros tiempos, cuando la gente vivía a la sombra del monte y la llegada de la oscuridad era una amenaza que encogía hasta los corazones más valientes, el momento de recogerse al final de la jornada era la puerta por la que aparecían temores y se sentían acechanzas. A las débiles luces de aguzos y candiles, alrededor de fuegos que apenas servían de consuelo, se convocaban las historias que trataban de explicar lo inexplicable. ¿Quién estaba detrás del azar que gobernaba las temibles tormentas del verano? ¿Por qué enfermó la vaca de la que dependía la familia? ¿Qué llevaba con tanta frecuencia a la muerte a los niños recién nacidos?

Un riquísimo imaginario popular se fue tejiendo en torno a las respuestas. Seres mitológicos, figuras religiosas o leyendas surgían durante las noches forjando los porqués. Quizás la figura que más perduró, incluso hasta tiempos muy recientes, fue la de las brujas. Rara es la aldea leonesa donde no había el relato de una meiga, que así también se llamaban en León, causante de males y desgracias. 

Según nos cuenta Nicolás Bartolomé, en su reciente artículo «Bruxas y meigas andan xuntas. Mitoloxía y realidá de la bruxería llionesa», publicado en la revista digital Añada, las brujas en León tenían un carácter muy ambiguo. Lo mismo aparecían como espíritus, capaces de meterse por la cerradura de una puerta o de encarnarse en un remolino de viento en medio de la era, que tomaban la forma de mujeres reunidas en asambleas para adorar al diablo. Bartolomé nos cuenta algunas leyendas sobre estos aquelarres, historias que debieron ser muy frecuentes, tanto que acabaron interiorizándose de tal modo que se aplicaron a la realidad. En León fueron muy habituales, prácticamente hasta nuestros días, las historias donde las brujas eran personas reales. Muchas veces eran mujeres ancianas, viudas que vivían solas, las personas más frágiles de la comunidad. Aquellas mujeres, que pasaban en soledad los sinsabores de las frías noches de invierno, se transformaban mientras tanto, en las conversaciones de otras cocinas, en las causantes de todo tipo de desgracias que ocurrían en el pueblo, para ser después señaladas con el dedo y arrinconadas a la luz del día.

Como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, eran los más débiles los que servían de chivo expiatorio, los que pagaban con su fragilidad los males de una parte de la sociedad que prefería encontrar en ellos el camino más fácil para desahogar su miedos y frustraciones antes de buscar, por otro camino a veces más complicado, la verdadera fuente de sus desdichas.

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