miércoles. 01.02.2023

Cosas del sombrero

El sombrero fue siempre complemento de practicidad cuando no de distinción, real o impostada. Las fotografías de época muestran cabezas de todo tipo y condición cubiertas con esta prenda que hizo furor y que a partir de los años setenta del pasado siglo cayó prácticamente en desuso, con toda su amplia gama de variantes, decoraciones y materiales. En mi pueblo, habituado a las gorras caladas de los mineros antes de que llegasen los cascos protectores, hubo un personaje, entre típico y misterioso, al que todo el mundo conocía como «El tío del sombrero». De esto hace ya tiempo, suficiente para que la memoria haya diluido su nombre. Pienso que hasta dormiría con sombrero, como tantos otros casos en que paisano y sombrero formaran una misma pieza.

 

Motivo hoy de exposiciones, el mayor recuerdo del sombrero, de ala ancha y generosa, está asociado entre nosotros al mundo agrícola, que, de paja y transpiración, protegía y protege de las inclemencias solares. No tanto el rostro como la cabeza, generalmente con poco pelo, ha supuesto un tímido redescubrimiento del sombrero, generalmente veraniego, y de otras prendas de cubrición durante el resto del año, entre las personas, de manera especial, que andan por la tercera o cuarta edad, que en los límites cronológicos no es tan fácil ponerse de acuerdo. Con nuevos diseños, materiales y estéticas. Y acompañamiento de vestuario informal, en la línea de los cánones establecidos en los códigos actuales, incluso deportivo.

 

Pues bien. Dentro de esa familiaridad incipiente y en prevención de los males que afectan a los perjuicios solares en la cabeza, mis hijos tuvieron la ocurrencia, con buen criterio a pesar de la dificultad del volumen, de regalarme un sombrero tirolés: rejilla fina, marrón oscuro, con cinta más clara y breve ala negra. Cómodo y, sobre todo, práctico. Así que de esta guisa salí ufano a la calle con los primeros calores extraordinarios de junio. No había caminando cinco minutos cuando un conocido me detiene, al parecer sorprendido por mi indumentaria. Y zas, a bocajarro me espeta: «Hombre con sombrero, hombre de dinero». No sabe uno qué decir o cómo actuar en estos casos, puramente anecdóticos y amigables. Lo zanjé invitando a una caña, que al parecer al conocido le llegaban los calores por otras vías. Nos despedimos levantando servidor ligeramente la prenda de la cabeza. Cosas del sombrero. Reticente a su uso, me he habituado a él. El primer capítulo se había resuelto bien.

Cosas del sombrero
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