jueves 19/5/22

Arraigos y desarraigos

'El habla de Babia y Laciana’, la magna tesis doctoral de Guzmán Álvarez, ha cobrado nueva vida. Una edición ‘‘traducida’ por Roberto González-Quevedo acerca la obra académica al pueblo y a los pueblos donde todavía se habla algo de patsuezu. El libro, editado por el Instituto Leonés de Culturas, anda de presentación. Ayer fue en la casa de cultura de Villablino, después de su puesta de largo en Babia, en el palacio de Riolago, en septiembre.

Resultó emotiva la exposición que, como si fuera cuento, hiló Isabel Álvarez sobre cómo su padre recreó en un pequeño pueblo cerca de Utrecht (Holanda), su jardín babiano de Cabrillanes. Plantó un manzano, luego un peral, preparó un montículo por el que sus hijos e hija se deslizaban con trineos o esquís cuando nevaba y construyó con sus propias manos una cabaña de madera. En la pequeña Babia holandesa enseñó a sus hijos a pronunciar el característico sonido ‘ts’, que distingue al patsuezu de otras lenguas.

El jardín eran sus raíces, la tierra añorada que dejó atrás para abrirse camino fuera de un país en el que posiblemente no vislumbraba futuro profesional en la universidad dados sus antecedentes. Guzmán Álvarez, maestro desde 1929 y estudiante de Filosofía y Letras en Valladolid, pasaba en Babia el verano de 1936, cuando un golpe de Estado acabó con la II República. Su padre Enrique, pasó a Asturias tras ser paseado un vecino. Él fue detrás. Cuando cae Asturias, el padre huye a Francia y Guzmán se entrega. La pequeña condena que imaginó fue de 30 años aunque cumpliría 3 años largos entre San Marcos, La Bañeza y Burgos antes de ser absuelto. Salió de la cárcel en 1941 y en 1947 se doctoró con El habla de Babia y Laciana, tesis dirigida por Dámaso Alonso, y en 1949 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) publica la obra. Dos años más tarde, tras sendas estancias en París-Madrid-París se casa con Elisabeth van der Feltz y se traslada a Holanda. Su hogar definitivo, los cinco hijos, las clases en la universidad, la cátedra, las otras obras. Un nuevo jardín donde plantó sus raíces para mantener el arraigos y sentir un poco menos el peso del desarraigo. A Babia volvía cada verano. Guzmán Álvarez, que falleció en Bilthoven en 2004, arraiga de nuevo en su tierra a través del legado que aprecian las nuevas generaciones y las comarcas del patsuezu como parte de la riqueza natural y cultural. La memoria Guzmán Álvarez florece ahora en Babia y Laciana.

El arraigo es como el oxígeno del alma. Si se pierde, algo se ahoga dentro. Y hay que reconectarse. Simbólicamente o volviendo la tierra. «Lejos del pueblo, sentía que me faltaba algo», decía Paula Fernández en Quintana de Rueda en el acto del Día de las Mujeres Rurales, al explicar su retorno a Sahechores de Rueda para unirse al negocio familiar.

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