jueves 19.09.2019

Entre tierra y trigo

Aquel verano del 69, cuando pisamos la Luna sin saberlo, vibramos en Woodstock sin estar allí y moríamos en Vietnam sin que nos abrasara el napalm, sucedieron otras muchas cosas olvidadas

Sin ir más lejos, en el Harlem Cultural Festival, unos conciertos gratuitos que se desarrollaron a 150 kilómetros al norte de Woodstock, Nina Simone cantaba al piano una de mis canciones preferidas, Ain´t got no / I got life. Yo no lo sabía, pues en aquella época apenas alcanzaba a escuchar música en el transistor o en las orquestas que amenizaban las fiestas del pueblo en el salón.

 

Para mí era la época de la chica ye-yé que había oído a Conchita Velasco. La cantaba subida en el poyo que había en la esquina de nuestra casa. Una piedra blanca y rugosa, que había adquirido el color del barro, de esas que llaman ‘guarda ejes’ era el pequeño gran escenario de mis actuaciones espontáneas.

 

No recuerdo que hubiera público. Pero años después, cuando regresaba al pueblo, el secretario, que tenía más autoridad que el alcalde y el cura juntos, me llamaba la chica ye-yé. Y aquel recuerdo se fue redondeando alrededor de la piedra que, un buen día, desapareció, como tantas cosas arrastradas por el tiempo.

 

Cincuenta años después, el mundo recuerda Woodstock como el festival donde se inmortalizó el movimiento hippie con sexo, drogas y rock and roll. Todos los demás festivales de aquel verano, incluido el ‘Woodstock negro’, quedaron eclipsados y olvidados por el éxito del que hoy sería considerado un auténtico desastre porque la afluencia de gente desbordó todas las previsiones.

 

El músico que inauguró el festival, Richie Heavens, tuvo que tocar casi durante dos horas porque el colapso del tráfico impedía que llegaran los otros músicos. Más de medio millón de personas con ganas de vivir en libertad nuevas experiencias se juntaron en aquella granja lechera en cuyos alrededores vivía Bob Dylan, quien se negó a participar en el evento.

 

Heavens tuvo que eternizarse con su versión de Freedom y cuentan que así se imprimió una de las señas de identidad de aquella cita multitudinaria. Aquella juventud quería cantar al mundo otros valores a los que movían el mundo. Amor, paz y libertad. Despertaban el ecologismo, el feminismo volvía con su tercera ola y el pacifismo alentaba la oposición de una gran parte de la sociedad estadounidense a la guerra de Vietnam.

 

Sin embargo, el carro del mundo se siguió moviendo con las mismas ruedas y el mismo eje. El dinero y la explotación. Y, hoy, mientras añoramos Woodstock sin haber estado allí tenemos otras emergencias planetarias a las que no queremos prestar mucha atención porque estamos en verano o porque en realidad nos importa muy poco, que bastante tenemos con lo nuestro.

 

Oímos los gritos desesperados de los niños y las niñas que son rescatados en el Mediterráneo por el Open Arms con desdén cuando no con el desprecio que se permiten escupir los salvadores de patrias a la más elemental acción humanitaria. Y Europa, raptada por el toro blanco que es el fascismo, regatea los derechos humanos como en un mercado persa. Por suerte, hay personas y gobiernos que abren los brazos para mitigar la desesperación. Se llamen Richard Gere, Pedro Sánchez o capitana Rackett.

 

«El mundo está necesitado de personas que ofrezcan cosas», decía la actriz y bailarina Paula Quintana en el Fetal de Urnones de Castroponce, un pequeño pueblo con un gran teatro en la provincia de Valladolid, en esa esquina en la que se dan la mano, por suerte más que la espalda, tres provincias.

 

El Fetal es semilla y fruto de la frondosa creatividad de Tierra de Campos. Y Las Alegrías de Paula Quintana, artista bien conocida en León gracias a ese otro espacio de resistencia que es El Albéitar, una propuesta artística y política que invita a hacer las cosas de abajo hacia arriba, como personas activas y no como meras espectadoras del.

 

Entre tierra y trigo, entre viña y vino, y mientras escucho latina hecha en casa, en la Sobarriba, me voy de vacaciones. En septiembre veremos si hay algo que ofrecer. Sed felices.

Entre tierra y trigo
Comentarios