sábado. 28.01.2023

Sueños

A Pedro Sánchez ya no le quita el sueño pactar con Unidas Podemos. No me extraña. Con una extrema derecha crecidita en el Parlamento es para tener pesadillas. Y todo por no querer soñar a tiempo.
Siempre hay una primera vez para todo. El otro día, escuchando al presidente de la Fundación Juan Soñador, Juan Carlos Pérez Godoy, me vinieron a la memoria aquellas tardes de domingo y cine en el colegio Don Bosco de Armunia. Me di cuenta que fue allí la primera vez que vi una película en pantalla grande y también la primera ocasión en que subí a un escenario, en la famosa Gala del Disco.
Bajo los soportales nos juntábamos las chicas y los chicos del pueblo de Armunia —entonces las vegas eran vegas, campa para la fiesta de San Roque—, los chavales que venían del Colegio de Huérfanos Ferroviarios (CHF) y los del internado del centro de formación profesional.
Venían las monjas de María Auxiliadora, que estaban entonces en el CHF, para andar al cuidado, sobre todo de las chicas, y recuerdo un grupo de músicos que nos enseñaron a movernos a ritmo de rock and roll con la canción Speedy González y alguna que otra de los Rolling Stone. En casa nos daban 25 pesetas de propina. Creo que diez o quince eran para el cine y el resto lo invertíamos en chucherías en el kiosko. Aquel espacio nos dio la oportunidad de ver películas en la gran pantalla cuando aún no teníamos edad para ir a León, que entonces parecía estar más lejos que hoy. 
El colegio Don Bosco sigue ahí. Las vegas se llenaron de viviendas sociales. Y de gente llegada de todas partes (que no acaba de cuajar). El espíritu salesiano —el otro día descubrí que venía de San Francisco de Sales, casualmente patrón de periodistas— permanece en el centro juvenil, en el colegio y, más allá, en La Fontana, en esa obra silenciosa que Juan Soñador desarrolla desde 1999 (antes de crearse la fundación, cuando empezó el programa Surco).
Este año la fundación recogió el XIV Premio Diario de León al Desarrollo Social y los Valores Humanos por su labor con los niños y las niñas, con la juventud, a la que la vida le ha dado menos oportunidades. Mientras escuchaba al presidente contar la historia de Juan Bosco pensé en mi madre. De bien nacidos es ser agradecidos, nos decía.
Ahí va: Agradezco la ocasión de soñar con el celuloide. Sin somníferos. Con toda la adrenalina de la adolescencia desbordada entre aquellos soportales de terrazo y ladrillo. Con sueños de amor reflejados en los ojos del batería y hasta con la osadía de ser estrella por un día.
La labor de Juan Soñador va más allá del ocio, que fue su principio. Es la familia para muchos chicos y chicas que carecen de ella o la que tienen no les proporciona el mejor lugar para vivir, es el punto de referencia para hacer deberes o no perderse en la calle. La escuela Juan Soñador, que ocupa el antiguo Colegio Consejo de Europa, es una oportunidad laboral después de tropezar con muchas piedras. El lugar donde los sueños se quieren transformar en realidades como dice su lema.
Todo esto parece idílico. Pero contribuir a la felicidad de las personas es uno de los deberes que se establecieron, por ejemplo, los padres fundadores de la Constitución estadounidense. Las ‘madres’, con la complicidad de muchos hombres, se fajaron por sus derechos en la Declaración de Séneca Falls en 1848. Reivindicaron la felicidad de las mujeres y el deber de asegurarse «el sagrado derecho al voto».
Ahora que a Pedro Sánchez ya no le quita el sueño pactar con Unidas Podemos —le tiró del burro el vendaval de Vox— hay que reivindicar el sueño de que la mayoría social y política gobierne y aplique las medidas prometidas. No vayamos a caer en el error de que la democracia solo es democracia cuando gana la derecha. 
Ya vendrán las crisis y agitarán la calle. Usarán las técnicas revolucionarias para voltear la voluntad del pueblo. Y Pedro Sánchez tendrá pesadillas. Como le pasó a Evo Morales, que no se fue: lo echaron, con un golpe ‘blando’ y bien programado para destrozar el sueño aymara.

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