Diario de León

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Había en la plaza no menos de quince niños y niñas. No se oía un ruido. Cosa rara. O no. La maquinita digital alimentaba el silencio con su atracción irresistible. Desde el pueblo más alejado del planeta, internet mediante, es posible ‘viajar’ a través del universo y ‘vivir’ emociones imposibles. Justo en ese punto de la plaza, entre la iglesia y las acacias, donde antaño se levantaba un trinquete víctima de la piqueta y de sueños urbanitas, llega la señal de internet. Un milagro. Porque la señal se deja querer. Hay que andar a la caza de la onda como zahoríes en busca de las bolsas de agua para hacer pozos. El móvil y la cara de atontecidos que se nos pone en semejanete postura ocupan el lugar de la vara y del rostro del sabio capaz de descubrir las corrientes ocultas.

Imaginen a un emprendedor o una emprendedora en medio de la plaza o en mitad del monte buscando la señal para presentar su declaración fiscal a tiempo, pedir un permiso en la administración —condenadamente electrónica— o responder a un pedido de compra. Así de ‘fáci,l’ se lo ponen al mundo rural que, con todo y con ello, da muestras cotidianas de resistencia y resiliencia.

Los pueblos han despertado muchas envidias durante el confinamiento. Por el aire y las buenas vistas. Porque les dejaron pasear sin hora antes que al resto. Los paraísos perdidos revivieron en nuestro imaginario urbanita.

¿Es el momento de que las ciudades se repiensen como lugares habitables, con menos humos y los pueblos reciban las merecidas ondas de internet para alargar su vida?

Las grandes urbes, con sus aglomeraciones y megacifras de población, se convirtieron en focos de contagio que, hasta que se decretó el estado de alarma, expandieron el virus con su movimiento perpetuo de gente y gentío. Después de medio siglo de intensa urbanización, de crecimiento insostenible e invivible de las grandes ciudades, es hora de desurbanizar. Desandar el desatino de concentrar a mucha gente en poco espacio para abaratar costes y agrandar los beneficios. Las ciudades aportaron riqueza y libertad, pero tienen que repensarse como espacios habitables. Y vaciarse un poco, de gente y de la franquicia de la tontería y el desperdicio. De malos humos y peores vidas.

Los pueblos, nacidos para gestionar tierras, bosques y ganados, han perdido en muchos casos su razón de ser con el abandono de estas labores. Se nota en el paisaje. Y en la gente. Una galbana de verano recorre el año entero su soledad. Hace falta savia y sabias nuevas. Gentes que estarían dispuestas a vivir en una casa de adobe con las mínimas comodidades, pero que necesita una buena señal de internet para ganarse la vida. Con el tiempo, quizá labren un pequeño huerto o pongan un corral con gallinas. Los pueblos necesitan internet como agua de mayo. Para seguir oyendo (o volver a oír) las voces infantiles. Los niños y las niñas acaban levantando la vista del móvil para correr por la plaza, gritar y jugar. La infancia, como dijo El Roto de la muerte, siempre es presencial.

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