viernes 30/10/20

Marcelinear

El hombre más divertido de la Tierra se encerró en una habitación del Hotel Mansfield de Nueva York con un puñado de fotografías, viejos recortes de periódico y un revólver. El tráfico circulaba por la calle Cincuenta Oeste, entre los teatros de Broadway y la Octava avenida, y Manhattan se las apañaba para crecer en vertical y regatear la Ley Seca antes de que el crack de la Bolsa se llevara por delante los felices años veinte.

El hombre que había hecho reír a la familia Rockefeller y a los grandes industriales, que en otro tiempo solían alquilar palcos por temporada en el Hippodrome de Broadway solo para verle actuar ante cinco mil personas; el mejor payaso del mundo, según la prensa, admirado por Chaplin, adorado por el público; el clown, el mimo, el acróbata, el genio de la pantomima que había compartido espectáculo junto a los hermanos Fratelli y el mago Houdini, el artista que había triunfado en el Circo Price, en el Carré y en el Hengler, estaba completamente arruinado y acababa de empeñar un alfiler de corbata con diamantes, lo último que le quedaba de valor, para comprar aquella pistola. Solo tenía seis dólares en el bolsillo.

Su impacto en la cultura popular había sido enorme. Él era el payaso Marceline, el cómico noble y torpón que trataba de hacer todo a la vez y nunca hacía nada bien. Incluso había dado pie a un neologismo; marcelinear.

Pero el cine había podido con él.

Y ahora estaba en bancarrota, con seis dólares en el bolsillo y un revólver, a punto de pegarse un tiro en un hotel de Nueva York. ¿Qué pasó por su cabeza mientras apretaba el gatillo? ¿Pensó en su padre, un peón caminero de Zaragoza, casi analfabeto? ¿Se acordó de su madre, que se apellidaba Casanova y dio a luz en Jaca? ¿Pensó en sus primeros años de colocador de sillas en un circo de Barcelona?

Cuando la policía encontró su cadáver, su cuerpo de payaso triste reposaba sobre una nube de fotografías y recortes de papel. Quizá eso nos dé una pista. Era Marcelino Orbés, el hombre más divertido de la Tierra, y ahora que se ha estrenado una película sobre su vida en un autocine de Huesca es momento de recordar que no dejaron ninguna lápida sobre su tumba y la mejor corona de flores que recibió el día de su funeral venía de Charlot, que tan bien supo marcelinear.

Marcelinear
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