viernes. 27.01.2023

Saltar la banca

Hace unos días tuve que ir al banco. La cita fue a propuesta de la propia entidad. Aunque tengo buenos amigos que trabajan en este tipo de establecimientos casi prefiero verlos en otros sitios. Cada vez resulta más pesado ir a las sucursales. El local estaba repleto de personas, especialmente mayores. Por lógica son los que mantienen el hábito de realizar las cosas in situ frente a las nuevas generaciones, que limitan las visitas a lo imprescindible.

 

Seguro que ningún traumatólogo ni fisioterapeuta aprobaría la tortura que les suponían las largas colas. Observaba la triste escena de un buen número de respetables mayores torturados por la empresa de la que en realidad son clientes, preguntándome dónde y cuándo perdimos la batalla que nos convirtió en casi esclavos de compañías que apuran al máximo sus beneficios.

 

Los cambios en el consumo y, en general, en los hábitos afectan a todo y todos. Y la tendencia a que las operaciones bancarias se digitalicen resulta evidente. Para esas empresas supone un gran avance en el negocio a golpe de reducir costes. Pero todo tiene un límite razonable, y la realidad es que hoy resulta casi un insulto el que se entremezclen las colas constantes en las sucursales con el persistente cierre de oficinas, con un adelgazamiento drástico de plantillas, a las que por cierto tenemos que cubrir las espaldas con todo tipo de prejubilaciones y prebendas de esas que nos habían asegurado que ya se evitarían.

 

Alguno, al leer esto, se estará acordando a estas alturas de lo del rescate bancario, que pagamos todos... pero ahí siempre es importante recordar un matiz. Fue un rescate ‘cajario’, de unas entidades que eran eminentemente sociales —incontables son los beneficios y fundaciones que hay por toda la provincia— a las que les pasó por encima una especie de tsunami devorador. Un tragatodo de políticos, empresarios y sindicalistas... hasta de dirigentes agrarios. Quizá por ello las ordeñaron con tanto ímpetu, y llegaron a la crisis exhaustas, sin capacidad de reacción, ahogadas por intereses egoístas y partidistas alejadas de su esencia para poder sobrevivir.

 

Temo que el problema tiene difícil solución. Pero será bueno que las asociaciones de usuarios y de consumidores sigan dando la lata para que no nos estafen —como ya lo han hecho— ni nos maltraten. En realidad esta fiesta, de algún modo, también la pagamos todos.

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