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León

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Enhorabuena, a estas alturas es el único que sabe qué nos deparará el próximo acto de nuestra crisis. Quizá tenía previstos los cambios de gobierno en Grecia e Italia, lo que ha derivado en nueva tormenta sobre nuestra deuda y las bolsas europeas, quizá, líder preclaro, formó parte del directorio que tomó la decisión con cálculo preciso y pulso firme (reminiscencias de antaño). Sin duda, durante el debate, calló por modestia. Los socialistas no, no los merecemos, solo tienen ocurrencias. No importa que la velocidad, alcance e intenso dramatismo de la crisis hayan obligado a actuar de urgencia, a combatir al mismo tiempo los efectos de un terremoto demoledor, apagar un incendio y prevenir una inundación. Solo ocurrencias. Nuestro personaje, sin embargo, tiene el desparpajo (¿desfachatez?) o la temeridad o la ignorancia, o todo ello a la vez, de decirnos que la respuesta está en el 96. Nada ha cambiado para nuestro prohombre y sus acólitos en los últimos 15 años, nada han aprendido. A la vista de las encuestas, parece que nosotros tampoco. Mientras se intervenía al paciente a corazón abierto, su partido, con él a la cabeza, cantaba y descorchaba champán en la sala de espera, cada uno brindando y repartiéndose una parte de la patria heredad, sin dejar de hacer ruido y golpear mientras tanto las puertas del quirófano por ver si se aceleraba el trámite a su favor. Así, sin ninguna vergüenza y con el aplauso incondicional de su público. ¿Por qué no aplicaron antes las medidas que ahora nos anuncian? –espeta indignado. Seguro que, sensato y sobrado de sentido común como presume, también él es capaz de entenderlo en toda su crudeza: porque no se pudo, no hubo ocasión; la prioridad fue salvar la vida y estabilizar al paciente. Ya, así de descarnado y de conciso y de claro. Casi 5 millones de personas en paro que pesan de manera ominosa y que, con la misma rotunda legitimidad con la que se opina lo contrario, en sus manos hubieran pesado (¿dejaremos que pesen?) todavía más. Ahora dilucidamos en las urnas si dejar al enfermo en manos de sus sedicentes deudos, que se harán cargo ejemplarmente de su bienestar (a nuestra costa, claro), o, como alternativa, permitimos que se le (nos) aplique un ambicioso y prometedor programa de rehabilitación con objeto de asegurarle en lo posible una supervivencia digna. No, Rajoy no tiene un plan, tiene una estrategia electoral: silencio, inconcreción e insidia. Voto por Rubalcaba.

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