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León

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El Negrillón de Boñar mostraba los primeros síntomas de su enfermedad cuando yo apenas era un adolescente. En mi pandilla nos ayudábamos para encaramarnos allí donde su tronco grueso daba a luz a un sinfín de recias y enormes ramas. Desde ese privilegiado lugar descendíamos a su interior hueco como se venía haciendo durante generaciones, como si nos trasladáramos a un mundo mágico y prohibido. Pocos años después, su muerte coincidió con el proceso de historiar por escrito la vida del municipio que había comenzado al terminar la universidad. Esa labor en el archivo parroquial me ilusionó con una reseña de un lejano 10 de junio de 1574 cuando en nombre del obispo de León D. Juan de San Martín, visita esta villa de Boñar, en su nombre, el señor bachiller D. Juan Gutiérrez. Su penúltimo mandato decía: “Item mando el señor visitador al rector y mayordomo que haga ecerrar la olmeda desta Iglia de pared o vargaños enderredor para que los olmos crezcan y los virgultos pupulen y que para la costa desto se corte y venda el olmo grande”. Esta es la fuente fidedigna que tenemos. La única duda que resta es si finalmente el grande se cortó o se mantuvo. Pero ahí está el origen de nuestro querido y añorado Negrillón. Queda el dato, el recuerdo, las vivencias de todos aquellos que, locales o foráneos, disfrutamos de su esbelta figura, su sombra enorme, su verdor hermanado con la piedra de la iglesia. Quedan fotos inolvidables que desde ayer han absorbido el legado de un compañero desaparecido pero muy vivo en el corazón de quienes tanto le echaremos de menos. Porque un auténtico símbolo, bueno y querido, siempre será una realidad tangible imperecedera.

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