Diario de León
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León

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Pasadas las fiestas navideñas en las que un toque de humanidad y nostalgia pareciese hacer al hombre más humano, este vuelve a su “conciencia cotidiana” reseteando todo abismo de esta. Todos nos hemos vacunado ante imágenes que superan la ficción más terrorífica, con un bombardeo continuo de noticias que desinforman y confunden verdades con mentiras. Esta estrategia siniestra da resultado, y millones de personas anestesiadas permanecen impasibles sin distinguir la realidad de la ficción. Esto me recuerda una frase que me dijo una vez alguien: “el mayor logro del demonio o del mal es que todos crean que no existe, así puede actuar a sus anchas”. ¿Y qué mayor mal puede haber que el que un niño tenga que comer tierra para soportar el hambre?; ¿Qué se nos pasa por la cabeza cuando tras esta imagen vemos supermercados tirando toneladas de comida? El problema de la desigualdad está en el corazón de la humanidad, es un problema de amor, de amor universal. La cuestión es: ¿cuándo dejamos de amarnos los unos a los otros?; ¿cuándo decidimos que una parte del mundo tenía que sufrir irremediablemente y sacrificarse a su peor suerte? Hace algún tiempo vi un documental, que seguramente muchos hayáis visto, como tantos que se emiten sobre la pobreza, este se centraba en una niña que vivía en la India sobre una montaña de basura. Lejos de reflejar su miseria en su rostro y expresar su ira al mundo, era un ser brillante, elegante e inteligente, que eclipsaba aquel paisaje dantesco que la envolvía. Aquel ser tenía sueños, tenía esperanza, tenía deseos de cambiar las cosas, veía luz donde los demás vemos miseria. Puede que los que vivimos en la parte del mundo llamado “desarrollado”, hayamos pagado un precio mucho más elevado del que imaginamos, y en la fase autómata en la que nos sumergimos nuestros chips hayan grabado la palabra “tener” y borrado para siempre “sentir”. Parece como si esta esfera azul que gira sin parar y que nuestros antepasados nos legaron como la tierra prometida, se hubiese dividido en especies que, a pesar de ser aparentemente iguales, no tienen nada en común, más que el lugar en el que fueron clasificadas y la cantidad de pertenencias acumuladas en el tiempo. Estoy plenamente convencida de que en esta evolución involutiva, esta deshumanización de las especies ha hecho que los que más y mejor sobrevivan, frente a aquellos que manejan los hilos, sean “los autómatas”. Continuamente nos enseñan cómo controlar nuestras emociones para ser más efectivos, progresan los sin emoción, sin conciencia y puede que sin alma. Mientras la inmensa mayoría de la población se afana en sobrevivir dignamente y hace números infinitos para calcular opciones que no tiene, otra parte minoritaria de la población vigila desde sus despachos, datos y estadísticas que confirman que su control es absoluto. Berger decía: “Lo distinto de la tiranía global de hoy es que no tiene rostro. No es el Führer, ni Stalin ni un Cortés. Sus maniobras varían según cada continente y sus maneras se modifican de acuerdo a la historia local, pero su tendencia panorámica es la misma: una circularidad”. Esta atmósfera apocalíptica con pronósticos nefastos nubla la lucidez de aquellos que están desgastados por la vida y deciden dejarse llevar por la corriente de unos pocos que los arrastra sin retorno. En este lavado de cerebro colectivo, mientras recorremos nuestro laberinto sin salida, los que manejan los hilos solo nos darán una opción: reprogramarnos y adaptarnos. La mayoría, incapaz de luchar y con necesidades vitales que satisfacer, permanecen en una inmensa telaraña a la que son atraídos por políticos que diariamente varían su discurso sin escrúpulos y falsas promesas. Otros en la cima de la insolidaridad, tendrán necesidades tan vitales, como cualquier aparato de tecnología punta o capricho momentáneo. Caerán en la sed insaciable del consumismo, en un círculo vicioso de invidentes y en una felicidad tan fugaz como el deseo que la impulsa. Según esto, te preguntarás, ¿no hay salida? Y yo te respondo, sí, sí la hay. Sólo necesitamos dos cosas: educación y amor universal. Si una persona, un gobierno o un partido no respeta la tradición, la cultura y no busca el bien global y la unión, cuidado… no es la salida. Gandhi mostró al mundo cómo luchar contra el racismo y el colonialismo, pero no de cualquier forma sino a través de la no violencia y la resistencia pasiva: “No puede terminarse con la explotación del pobre por medio de la destrucción de unos cuantos millonarios, sino eliminando la ignorancia del pobre y enseñándole a no cooperar con sus explotadores”. El amor universal es ese faro en el mar que impide que los barcos pierdan el rumbo, es una luz brillante e inconfundible que nos recuerda que no estamos solos. El libro “El Principito”, nos lo muestra con esta sabia frase: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”. En el momento en que despertemos y recordemos cuál es nuestra misión en la tierra, grabaremos para siempre en nuestra mente las palabras compasión, solidaridad, e igualdad; son palabras que han logrado lo que se creía en tiempos pasados imposibles. Sólo entonces saldremos de nuestro letargo y este mundo convertirá la desigualdad en un mito. Ha llegado el momento, es hora de cambiar las reglas.

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