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Elisa Rapado JAmbrina
León

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Sucede con frecuencia, en una reunión informal en el extranjero, cuando alguien te presenta a un respetado colega, un músico de más edad la última fue Ingeborg Danz. Conversamos con afabilidad y entusiasmo sobre universos comunes y experiencias, desgranamos con humor una visión sobre compositores favoritos o partituras. Pero pronto surge la inevitable pregunta: ¿Y en España, dónde trabajas?. No hace falta más, tras la estática mueca cualquier aclaración me sobra. Por supuesto, hace más de un año que tocó en el Auditorio de León y aún no ha visto un céntimo de su caché. Por supuesto, la conversación se acaba. No parece un mal momento para que, revisado el eterno cuento de la lechera de las contrataciones, el Auditorio resuelva por fin el asunto de los pagos pendientes y asuma una nueva política, quizá más acorde con la de otros teatros. Sería un final feliz para una historia que ya ha marcado demasiado a la ciudad de León, sus profesionales músicos y habitantes en general con la inmerecida, pesada etiqueta de morosos.

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