JIE LAN
Jie Lan. El pasado curso llegó a mi colegio una niña china. No vean ustedes lo difícil que es quererse comunicar con una niña y no poder porque no hablamos la misma lengua. Algunos idiomas son más asequibles y tienen ciertas semejanzas con el nuestro, pero la lengua china, no tiene nada que ver ni en lectura ni en escritura, lo que supone una tremenda dificultad tratar de entenderse y aún más de enseñar a una niña que solo sabe chino. Este es el gran reto de la escuela en España, tratar de ayudar a todos los inmigrantes llegados de todas las partes del mundo. Pero este gran reto necesita de unos medios que no llegan al profesorado, como pueden ser: personal especializado, cursos intensivos del idioma en cuestión, material especial, en una palabra, más presupuesto para estos fines. Pues bien, llega una chinita a tu colegio que solo sabe su idioma, y ahí te la arregles con ella como puedas. No recibes la mínima ayuda de la Junta de Andalucía. Aún así y con muchísima paciencia la vas enseñando las más elementales normas en lectura y escritura para que se vaya familiarizando con el idioma. Pero los niños son extraordinariamente inteligentes y un buen día, te busca en el recreo y te gasta una broma y otro te sorprende con una frase que te queda helado. Los niños, sobre todo los que vienen de fuera, lo primero que necesitan es cariño y familiaridad, y cuando se lo das, te aprecian enormemente. A partir de aquí, Jie Lan era una esponja, su gran inteligencia absorbía todo lo que le echaras y su progresión iba en aumento día a día. Al final del curso, hablaba con bastante fluidez y entendía perfectamente el español. Mi amiga y compañera Esperanza, una gran maestra, hizo con ella una labor encomiable, pues la enseñó todo lo necesario en unos meses para que la niña pudiera llevar un ritmo normal en la clase con el resto de compañeros. Este curso, la iba a coger yo y estaba entusiasmado porque quería seguir la labor de mi compañera con esta alumna, pero a los pocos días de empezar el curso los padres se trasladaron a Sevilla y naturalmente ella también. En un momento se te viene abajo toda la labor que has realizado durante más de un año y notas como una tristeza te embarga, pensando lo amarga que puede llegar a ser esta profesión en algunas ocasiones. Pero el jueves pasado, al pasar por una tienda china que hay próxima a mi domicilio, salió corriendo una niña y se abrazó a mí con todas sus fuerzas, gritando: "Hola, Joaquín. Te quiero mucho". La verdad es que os puedo asegurar que en mi vida jamás he sentido un agradecimiento semejante y que ese momento vale por todos los sinsabores que te pueda dar esta ingrata y a la vez bendita profesión. Por lo menos podré seguir ayudando a Jie Lan, aunque sea como vecino. A mi compañera Esperanza, gran persona y gran profesional. Joaquín Tomás Fortunati Cendrero