TRIBUNA
San Antón, de antañón arraigo en León, mantiene su son
Los pueblos donde siguen vivas de modo ininterrumpido estas costumbres han contribuido al rebrote en lugares como León donde habían desaparecido

investigador de latradición leonesa
Desde hace unos años la capital leonesa ha recuperado la celebración de actos vinculados a San Antonio Abad, vulgo San Antón. Y es que, el vínculo entre la que fuera urbe regia y lo relacionado con este santo del primer cristianismo, era significativo desde el medievo. Tanto por la presencia física del edificio del Hospital de San Antonio Abad como, en lo inmaterial, por lo asociado a su culto devocional —personalizado en la imagen del Santo, factura de Gregorio Fernández o gubia próxima a su taller (como otras de San Marcelo y hoy en el museo de los Pueblos leoneses de Mansilla)—. Así como, asociado a ello y dentro del ciclo festivo anual, también por actos populares en el ámbito de la tradición y el costumbrismo como la hoguera de la víspera —que describiera Eguiagaray Pallarés—, la bendición de animales o el reparto de los típicos «cotinos», panecillos sin sal.
En muchos lugares de la cristiandad occidental se han localizado hospitales de ayuda religioso-sanitaria del tipo aludido, al cargo de la orden hospitalaria y sus monjes antonianos. Éstos plasmados a través de la iconografía, con la impronta del Santo por su indumentaria identificativa: capa parda y tau azul, además de con la peculiar esquila o campanilla. Bien portada en el pescuezo del inseparable «gochín» a sus pies, o en el báculo o la mano de la devota imagen —en epidemias medievales así se usó para advertir de la cercanía del clerical portador—. Hoy, durante varios actos, con sus capas pardas leonesas y con las distintivas taus franciscanas de madera —los primeros—, de modo recreado, visibilizan la tradición los cofrades de la capuchina cofradía de la Expiración y del Silencio y los miembros de la Asociación San Francisco El Real Extramuros. Todos en el entorno donde de modo secular tuvieron marco: la iglesia y la plaza de San Marcelo o la acera de Botines. Para los curiosos y como complemento añadiremos que hasta inicios del siglo XX este aludido complejo y hospital —con su característica Torre de Almanzor, su claustro y su fuente hoy en los jardines que rodean el hospital actual—, se mantuvo en pie en el entorno de la que además fuera su capilla: la iglesia de San Marcelo. Es decir, en la manzana entre las plazas de Santo Domingo, San Marcelo y el Arco de Ánimas —espacio y nombre vinculados al hospital por la cofradía de la Piedad y Ánimas del Malvar, hoy en Santa Marina—. Con el ensanche decimonónico extramuros de la ciudad vino la construcción en su solar de la «casa Roldán». Y el otrora desamortizado hospital, fue trasladado a los altos próximos a las ventas de Navatejera por la Diputación Provincial, su propietaria. Allí cobró nueva vida el flamante y funcional edificio para la época que, en recuerdo, en la base de su torre ostenta inserta una hornacina con escultura en piedra del patrono San Antón. En concreto, la que antaño estuviera en su portada principal —actual calle de Legión VII, cerrando esta al lado de la puerta lateral de San Marcelo y la de acceso al Ayuntamiento—. El traslado afectó también a las costumbres asociadas y sobrevino un paulatino desarraigo de espacio de celebración que llevó al olvido en el seno del centro ciudad. Unas tradiciones además ya poco justificadas o hasta trasnochadas entonces para algunos al ir desapareciendo también todo aspecto o presencia rural y ganadera en León, tanto en las cercanías del casco viejo como en el resto de la capital. Subrayado todo por las lógicas consecuencias del desarrollo y los términos de modernidad del urbanismo de su tiempo, condicionantes de las pautas de vida de un entorno urbano de la segunda mitad del siglo XX. Pero, con el inicio del presente siglo XXI, de modo inesperado para muchos, han resurgido en contextos asumibles para la vida actual. Los pueblos donde se han mantenido vivas de modo ininterrumpido estas costumbres alrededor de San Antón o Antonio «el laconero» o «cochinero», —Astorga, La Bañeza, Algadefe, Cacabelos, Calamocos, Laguna de Negrillos, Villademor de la Vega, entre otros—, han contribuido al rebrote en lugares como León donde habían desaparecido o perdido nivel de relevancia social. Retomar un acto tan sencillo y enmarcado en la tradición religiosa secular como es el de la bendición de animales, a cargo de colectivos de defensa animal y plantas, asociaciones culturales y cofradías, ha reactivado todo el resto de costumbres —ofrecimiento y canto del ramo al santo, procesión con vueltas al templo, coplas características o el echar refranes a lomos de caballería (irónicos y relativos sucedidos del año); rondas petitorias cantadas y con dulzainas y otros instrumentos para su posterior sorteo de productos del cerdo recaudados («jeta», «manos», chorizos, lacones…), o subasta de tartas, y la rifa o subasta del gocho de San Antón; hogueras. en la víspera y degustación de «fervudos» de vino caliente ... entre otros. Además, replanteando el tema desde perspectivas gratamente aceptadas por la sociedad actual. Así ha ocurrido en León, resultado de una propuesta de refolclorización que ha aunado casi todas las mencionadas de la mano de las citadas Asociación San Francisco El Real y Cofradía de la Expiración y del Silencio, así como de varias asociaciones y protectoras de animales y plantas locales de muy popular labor anexa a la bendición de animales. Un año más, en los pueblos citados nos veremos en los actos y, en León, en la mañana del sábado 18 en la ronda petitoria por la calle Ancha, zonas de vinos anejas y el Mercado del Conde y en la tarde en Botines en la hoguera, además del domingo en la bendición, misa, ramo, refranes y vueltas en San Marcelo. Pues, ¡Que viva San Antón!