Diario de León

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La primera luna llena de la primavera marca un periodo muy especial en incontables rincones de la provincia. Es esa semana de diez días que llena las calles de fervor, tradiciones y actividad como pocos momentos del año. Todo está preparado, pero los papones, cofrades, hermanos, paparrones... miran al cielo pendientes de que no lleguen las temidas lluvias. Conocido es que la propia luna llena genera una inestabilidad del tiempo que en otros momentos del año pasa más desapercibida.

La Semana Santa también se hace realidad en el suelo. Con unas cofradías que cada vez se implican más en obras sociales, y con unas actividades que para muchos establecimientos, especialmente de hostelería, suponen el momento más álgido del año, que les permite paliar el crudo invierno en el que la despoblación y el envejecimiento pasan una dura factura más allá de los locales del centro de las ciudades. La Semana Santa goza de una gran salud, con un tiempo en el que las tradiciones han ganador vigor desoyendo a los agoreros que planteaban, allá en la Transición, que la modernidad sería la muerte para este tipo de acontecimientos ciudadanos. Nunca hubo tanto personas con túnicas en las calles, ni tantos pasos, ni tantas localidades con celebraciones, ni tampoco tanto público en las aceras para presenciarlas.

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