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El estado de degradación que presenta la N-630 en León es el paradigma del mal estado de las carreteras del Estado en la provincia. Dos décadas de deterioro sostenido colocan el tramo León-Benavente en uno de los más denostados por los conductores. La vía acumula año tras año las quejas recurrentes de los usuarios por los daños materiales que sufren los vehículos al atravesar un paso cuyo estado se identifica más con una carretera de montaña que como parte de una red estatal vial de primer orden. Los usuarios se enfrentan a diario con un firme deficiente, baches profundos y deformaciones que comprometen la seguridad vial e impactan directamente en el bolsillo ciudadano. El incremento de las reclamaciones por averías en sistemas de amortiguación, reventones de neumáticos y roturas de lunas satura los servicios de las aseguradoras y traslada el coste de la inacción administrativa al contribuyente. Frente a esta acumulación de despropósitos, la respuesta institucional se queda corta. El reciente anuncio de que se invertirán 34 millones de euros para reparar carreteras nacionales y rondas de circunvalación en León, incluida la N-630, es una medida necesaria pero que, a menos de un año de elecciones, despierta un clásico del hartazgo ciudadano: 'lo creeré cuando lo vea'.