sábado 16/10/21

Y no soy adivino

Hoy vamos a hablar del futuro. «¿Y eso dónde queda?», se me preguntará. Me gustaría decir «todo recto hasta llegar a una rotonda…», pero no funciona así. El futuro no está cerca ni lejos, es él quien camina hacia nosotros. Conoce dónde vivimos, nuestro móvil y hasta el correo electrónico. Tiene buena base de datos, pero no lo sabe todo. No es Dios. El Gobierno ha presentado su plan «2050. Fundamentos y estrategias para una Estrategia Nacional a Largo plazo». En ese futuro habrá cosas que seguirán como siempre: Jordi Hurtado aún presentará Saber y Ganar, las personas razonables no serán del Barça, Paquirrín continuará con su «mama, llama»… pero para predecirlo tampoco hay que ser adivino. En lo que a mí respecta, para 2050 me barrunto más con dolores de columna que escribiéndolas. Más allá de eso, solo puedo decir «cariño, despiértame cuando hayamos llegado». Por cierto, en mi adolescencia únicamente una película futurista logró quitarme el apetito: «Cuando el destino nos alcance», de R. Fleischer. La historia se ubicaba en 2022. O sea, casi ya. Únicamente una élite come los alimentos de siempre -cecina de León, ensaladilla rusa, flan de huevo-, mientras que los pobres -todos los demás- han de conformarse con un complejo vitanímico, que Charlton Heston descubre que está hecho con cadáveres humanos. Un asco de futuro. El planeta de los Simios es un paraíso comparado con tal panorama. Pero al día siguiente me dije: «2022 queda muy lejos». Y desayuné dos veces. Hoy ya estamos casi a un tiro de piedra. Ay.

Pero ahora que caigo, también hay predicciones no catastrofistas que puedo hacer para ese 2050, esté en mi actual forma corporal o en la de ectoplasma: seguiré queriendo a mi mujer, me gustarán las viejas canciones y la tortilla de patata con cebolla. Pero tampoco para esto hay que ser adivino.

El pasado viernes, un alcalde maragato me invitó a comer arroz con bogavante. El gustazo gastronómico ya es pasado, pero que nos quiten bailado. Me dijo: «Aguirre, he llegado a la conclusión de que la gente solo pide ser tratada con afecto». Gran verdad, lo seguirá siendo en 2050 y mientras que el mundo sea mundo, e incluso cuando el futuro nos alcance. Tampoco en esto hay que ser adivino.

Y no soy adivino
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