lunes 24/1/22

A solas con la muerte

Esperanza es suponer que te vas a encontrar un trébol de cuatro hojas en la repisa de la ventana; y saber que no, que es ilusorio; la fe te mueve a vigilar desde el cristal, por si crece la hierba. La humanidad se divide entre los que dependen de la fe y los que dependen de la esperanza; la fe de los que insisten en peregrinar de farmacia en farmacia en busca de alcohol de 96 grados para mantener a raya el contagio, y aquellos dispuestos a empeñar la mitad de la próxima compra en crema solar, en la esperanza de que el sol les abrase el costado este verano; más que nunca, ahora, que la vida es un cementerio de esperanzas y no circula otro tren mejor que la fe por esa vía de escape que permite acampar en Liliput, asomar a Narnia, recostar las mejillas en Babia, el nunca jamás de nuestro norte, o regresar a cualquier otro Macondo leonés, del realismo mágico que inspira la existencia. La fe forma parte del credo, del suero que embelesa y rumia las mentiras, recurso necesario cuando la verdad es difícil de explicar. La fe y la esperanza; parte de un negocio secular que con la oferta genera la demanda. Las virtudes teologales le hacen un dos contra uno a la caridad, nada aconsejable hoy, con esa mochila de haberle endosado la peste al mundo, y ofrecen toda la carga de su torrente semántico para abordar la hecatombe. La fe se olvida antes cuando sale por la boca que la esperanza que entra por el oído; por eso, tal vez, el empeño de los gobernantes de reincidir y actuar a salto de mata frente a problemas mayúsculos, ante decisiones delicadas como para poner en riesgo el futuro de toda una generación, termina por anular la esperanza y condena a agarrarse a la fe. Así se ceba la hoguera de la soledad, de quien ve cómo se desmorona su mundo y no puede hacer más que mirar, sin parpadeo. Nadie que esté realmente solo podrá perdonar a la real academia que le birló la tilde a sólo; porque mancilla a la soledad. Igual, hasta se inventaron móviles y tables para adiestrar en la reclusión, instruir en el confinamiento, y justo cuando nadie los necesitaba. Lo podemos sospechar esta primavera; cuando la fe es un conjunto de dos letras que da sombra a las obras completas de 2400 años de vademécum; cuando escuchas que tu padre no es elegible para la UCI. Cuando no te queda ya más que la esperanza. Y llorar sin consuelo.

A solas con la muerte
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