Diario de León

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De vez en cuando, la naturaleza, que es sabia, le echa un cadáver al muladar para que los buitres se entretengan con la carroña y dejen de volar en círculos, indiscretos y mirones. Mientras descoyuntan la pieza, no revuelven con otras cosas. Así con la letanía esta que el estado autonómico le dejó en forma de recado a los leoneses. De vez en cuando, un pincho y un culín, para que el cuerpo de guardia, alerta, cristiano, alerta, que ya la hora sonó, se desperece de los detalles aburridos de la actualidad y le dé una vuelta de tuerca a la situación. Otra vez la misma pieza. La misma música. La misma letra. Y van treinta años. Casi la mitad de todo el periodo en el que San Petersburgo fue obligada a ser Leningrado; casi el mismo tiempo en el que estuvo en pie el Muro de Berlín. Ya veremos cuánto dura esta era en las que los supremacistas de ahí abajo se recrean, con el permiso de la autoridad, en llamar a la puerta de León para recordarle que no es más que un apéndice detrás de una copulativa (con todo lo que connota) y, a veces, ni eso, porque el tío del tiempo, el consejero, el presidente de la Diputación, contraen la expresión y resulta un término híbrido que se hace entender algo así como castillón. Al final, resulta que no sabes si es mejor que en el telediario te llamen mesetario.

Otro fleco suelto que se escapó a la reciente carta magna que firmó el ministro de Fomento. Las autonomías eran esto; la que resultó de doblar el mapa por Navacerrada y rasgar por la línea de puntos del Cordal Cantábrico, a capricho de Martín Villa y otros socialdemócratas castellanos viejos para salvar a España de las garras del separatismo catalán, no tiene capital. Ni en la época más agresiva del colonialismo africano se dio el caso de montar un invento sin capital. El Congo, Senegal, …. Vamos a por otro numerito. En el anterior, el conjunto administrativo más grande de Europa tuvo que importar un senador de Álava (heráldica fiel a la corona de Castilla). Felipe II sudó algo más para abrinquillar perdices; a los antisistema se la dejaron a empujar. Podían haber defendido que uno de Vitoria (haceros de Llodio) tiene tanta legitimidad como los de Ólvega para defender Villablino en la Cámara Alta; pero no. Metieron los perros en danza, a gusto de Tudanca. A ver si ahora, con los enredos de la capital, y tal, alguien se acuerda de la última vez que en León se votó el estatuto. Vizcaíno Casas se quedó corto. Arriba la autonomía.

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