viernes 21/1/22

Hay lavanderas cerca del río

Las lavanderas invocan el invierno con la frialdad con la que Casado cita prohombres, con la voz engolada, en plan Pedro, y mientras rotura los Oteros en tractor. Las lavanderas son aves despreciadas en esta tierra, desagradecida con las criaturas que no dan el pego en el escaparate, ni sirven para argumentar fábulas de depredadores, sin esos trinos de jerga apoteósica, sin vuelo épico, sin una historia novelada que añadir cada año al relato que acompaña a los pájaros de la migración, dicharacheros y escandalosos, titiriteros del teatro ambulante que despide los días largos en las noches cálidas. Las lavanderas, no. Las apagadas lavanderas destacan sobre el fondo pardo de noviembre en una explosión cromática, un torbellino de destellos, un jolgorio de color; hasta que el reloj de arena de la traslación de la Tierra agota el ciclo, y coloca el punto funambulista sobre el Trópico de Capricornio; y la lavandera muta en diosa en el ecosistema que hasta hace nada gobernaban las cigüeñas, o las algaradas de vencejos callejeros. Arcángel de las cumbres a dos aguas, cuenta que el viento del norte no tiene vuelta atrás, ni piedad, por más que parezca un simple aliño entre plumaje revuelto. No basta golondrina para hacer verano; pero una sola lavandera hará imparable la invernada. Con su tuis, tuis eleva proclamas indiscutibles, que enseguida ratifica ese regañón de tez marenga que abre el toldo en la línea del cordal, el silencio inmortal que precede a las nevadas. El plomo carga la nieve. Por eso la túnica de profeta nazarena en la garita que recuerda que cualquier invierno pasado fue peor. La lavandera es el antídoto ancestral contra el contagio apocalíptico de hacer de las estaciones una apología de alerta climatológica. Alerta roja por diez centímetros de nieve en pleno noviembre de Busdongo; la emergencia sería si no los hubiera. Siempre dispuesta a enjugar el gatillazo que envuelve la predicción de la isobara, la lavandera ridiculiza a los que insistieron en colocar a León en la zona del Algarve, solo porque creían posible un AVE con más viajeros, y trataron de bajarlo del podio del mundo frío, avergonzados hasta esconder el termómetro en la sala de estar. Sin frío, la cultura occidental no es posible. Ni León sin invierno, vienen a decir las lavanderas.

Hay lavanderas cerca del río
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