Diario de León

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La Presidenta de la Comisión Europea, que tomará posesión de su cargo el día de Halloween, ha declarado que vivirá en un pisito de veinticinco metros cuadrados, junto a la oficina que ocupa en Bruselas. Aunque su nombre, Ursula von der Leyen, invita a pensar en una institutriz de hábitos estrictos y frugales, la prensa mundial ha elogiado unánimemente su decisión. No son pocos los que han subrayado su ejemplaridad, especialmente en nuestro país, donde tan acostumbrados nos tienen a la pompa y el oropel. Algunos —sin ir más lejos en esta ciudad— gestionan sus asuntos en despachos de una suntuosidad anacrónica. Y se les nota en sus modos, que van adquiriendo con el tiempo una pátina de vanidad ceremoniosa. Pero me van a permitir que hoy vaya a la contra y sostenga que la elección residencial de von der Leyden es un error; incluso un error inquietante. A mí me parece que, viniendo de Alemania, lo que nos quiere transmitir esta buena señora es otra cosa. Ya saben a lo que me refiero: le peste de los ciclos capitalistas (¿hasta cuándo habrá que aguantar este modelo inmoral con los brazos cruzados?) ya insinúa otra recesión y lo que se impone, vienen a decirnos, es el regreso del rigor obsesivo y la austeridad draconiana. O expresado de otra manera: los de siempre habrán de apretarse el cinturón y comerse los mocos de nuevo. En consecuencia, y frente al mensaje represivo y desolador que perfilan los veinticinco metros de Úrsula (a la que pongo una tilde meridional, con la esperanza de que modifique su actitud), propongo exactamente lo contrario: que se vaya a vivir a un ático amplio, desahogado y luminoso, con tina con patas de garra para regalarse algún baño perfumado y jabonoso. Y agregaré más: para permitirse esparcimientos carnales que dejen espacio para bailar un tango con un porteño de patillas y zapatos de cuña. Que le dé aire al piso, vamos, que lo ensanche y lo abra a la ciudadanía. El mundo necesita más abrazos y menos aranceles; más espíritus cosmopolitas y menos patriotas de mirada estrecha. Y si, por cuestiones de decencia quisquillosa, qué se yo, no puede prescindir de la severidad germánica, que la sustituyan. Que nombren a una española, una navarra o una andaluza, se me ocurre, a la que no le importe disfrutar de un piso como Dios manda y no vivir en una caja de zapatos. Como quiera que en este país ya nadie quiere ser español, si es preciso que localicen a una nieta de Ava Gardner, que a poco que se parezca a su abuela, hará de Bruselas un lugar más acogedor: aunque nacida en Carolina del Norte, Ava veneraba España y fluía por sus venas sangre infinitamente más racial que, por poner un ejemplo, la de Carmen Polo de Franco. Vuelve, Ava.

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