domingo 19/9/21

Cristóbal

A quien persigue y labora la belleza ¡qué difícil le ha de resultar a veces esta tierra de prosa asonada y rima prosaica en tocando a doblones o intenciones! A Cristóbal Halffter le dolieron siempre las prosas de la España chirriante resumida en esta Cazurrancia doliente que eligió para vivir y morir siendo, sin embargo, madrileño de cuna y amparo además de plurinacional por proyección musical y aún más por convicción. Fue hijo testigo del Gran Cainismo del 36 y sus epílogos inacabables hasta morir Franco, marcándole y haciéndole ansiar ya solo la abolición del trincherismo y la armonización del desconcierto nacional: eso... o la nación jamás saldría adelante por perder demasiado tiempo en darse hostias por puro vicio. Y vio que no se escarmienta y que a ello se vuelve de seguido. Esto últimamente le apesadumbraba. Y el imperio de lo banal, el mal gusto y los robaperas.

De modo que no dudó en implicarse políticamente en un paso transcendental de nuestra historia como lo fueron las elecciones a Cortes de 1977, estrenando España entonces una democracia incierta aún. Asumió papel y se integró en la candidatura independiente al Senado que le unió a Pepe Álvarez de Paz y a Miguel Cordero del Campillo, que salió senador... ¡qué tres buenos perros y tres voces sin collar de siglas! (solo Pepe se afiliaría tiempo después); y ya nunca más se volvió a juntar aquí en una gavilla electoral gente de tanto respeto y prestigio. Curiosamente, en poco más de un año se nos han ido los tres... y así vamos perdiendo padres, mentores o candiles con los que poder leer en la oscuridad de las ideologías... gente ecuánime... buena gente.

Él y Marita, su mujer (morirse hace tres años empezó a matarle), me invitaron un día junto a Jesús Courel a almorzar y echar la tarde a charlas en los jardines de su casa-castillo, día inolvidable, se habló de todo, aprendí mucho; la gente creadora enriquece; y lo sabe muy bien Nardi el de Adonías, que tanto charló con ellos cuando acudían cada semana a cenar a su restaurante. Y León, ¡mirando a las sapas bardas!

Cristóbal
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