domingo 29/5/22

De asadurilla

Si tuviera que elegir una tapa que resumiera lo sublime y lo sencillo de los cien obsequios de barra que haya ido ofreciendo la historia cantinera de esta ciudad, se me va el recuerdo a los 70 y al tramo donde hace quiebro abrupto la calle Matasiete asomando en una esquina la estrecha puerta escalonada de una pequeña tasca con sotanillo mazmorrero que rotulaba en su frontis Bar Montejos, regentado por el Pichina y su mujer Aurita, a la que siempre vi afanada y cabiéndole de pleno derecho el título nobiliario popular de «ser más curiosina que un cacharrín con asas». Entonces, y siendo ya vieja la ley cazurra de la tapa gratuita, la generosidad era la justa y en nuestro hoy de despipote tapero sería considerada tacaña y censurable. La cosa iba de algo cocinado a mediodía, que podía ser a su vez pellizco de raciones de pago, y míseras patatas fritas o cacagüeses en el vinateo de la tarde que dejaban el suelo del bar como un escogolladero. Cada cual tenía su señuelo: la gamba a la gabardina del Miche, las patatas en salsa del Racimo de Oro, la sangre guisada de Bodega Regia, el huevo duro de La Mazmorra... por citar algunas del Húmedo donde cabía también la tacañez de Emiliano Culogoma en su bar de la Plaza de las Tiendas dando una lonchita de mortadela barata o una galleta maría no menos barata.

Pero la tapa-resumen sería la del Pichina, sencilla y muy-muy sustanciosa: un solo trozo de pan de barra crujiente empapado en salsa de asadurilla de sabor total, un pan y moja, lo más del minimalismo. La intensidad y brevedad del bocado exigía pedir otro chato, no por el vino -era corriente-, sino sólo por repetir orgasmo, pues esa era la cara de la clientela cuando, cerrando los ojos, el corrusco con salsorra de asadurilla daba la vuelta al ruedo dos o tres veces bajo un paladar en aplausos. Y como además era tapa carmelitana y penitencial en la color, dice Otavito que vería muy indicado resucitarla para quebrantar abstinencias y comulgar en los días de precepto tasquero de las santas semanas y su sagrada circunstancia hostelera, amén.

De asadurilla
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