miércoles. 01.02.2023

Ella, la del carrete

La venia solicito para meterme en braguetas de once varas y tratar de entender cómo un cantante picaflores y hacendado, un marqués con larga hacienda, un superministro de Hacienda pasada o todo un premio Nóbel del pensar y el escribir no supieron o quisieron esquivar la red de encantos que despliega en sus vuelos cortos esta avefénix o pájara de fuego que resucita de la ceniza de matrimonios cortos, esa artista del hechizo lánguido... de la Preysler se habla, viva encarnación de la cortesana pluscuamperfecta, punta (se ruega respeten la ene) filipina y canon feliz de la divina pijez y la seducción infalible, qué tía, cuánta mujer escurrida en sedas; y bien flaca, que así se lo exige el ser galga corredora.

Pese a todo, Mario Vargas, el escribidor reacio a casarse desquiciando a la matrimoniadora, no hallará mejor veta literaria para su pluma que esta mujer con la que convivió estrecha y pichulamente ocho años yendo del candelabro al candelero y de la fiesta al sarao con fotocol y con tontita familia requetepija y nube de cámaras a cada paso para enterrarse en cuché al final de cada día. Y aun sabiendo que el escribidor es todo un caballero de elegante sigilo, le exigiremos que destile literariamente tanta vivencia y cuente, entre otras maravillas, las artes isabelas que desparrama esta mujer en los tálamos obnubilando voluntades y haciendo enorgullecerse a los hombres en horas menos tiesas; y sobre todo, la técnica del carrete que tanto se decía ya al iniciar su colección de maridos, intrigante mecánica sexual. Cenando una vez aquí con el marqués de Griñón invitados por Pradatope tras el degüelle de su espumoso, sugerí al gran Feliciano Fidalgo, sentado entremedias a su lado, que le preguntara por la famosa arte amatoria del carrete, pues la charla bien regada empezaba a buscar lo jocoso. Pero el marqués sólo nos puso cara de fingida sorpresa y una sonrisa en sol mayor; enigmática respuesta, la misma que al sugerirle si la Preysler, al final de un mantecao, simula esmayarse y esnucarse como la coneja permitiendo así al paisano creérselo. Lista la cortesana.

Ella, la del carrete
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