viernes 27/5/22

Mola la voladura

Ayer volaron las altas torres de refrigeración de esa seña industrial como quien dice «a la mierda, albañiles, se acabó la masa» o lo que se daba o lo que ardía o el empleo que ahí había. «La térmica de La Robla, por los aires», resumiría un titular picudo. «Aquí murió el Tío los Nabos», titularía un editorial resignado, pero sin perder la risa que da todo esto. «¿Pasó Putin por aquí?», preguntaría el redactor jefe no avisado al recibir las fotos. «Mola la voladura», titularía su espacio un larva de youtuber perito en videojuegos poniendo en bucle esa derrota del hormigón en mole mientras una música estridente mete teatralidad al efecto estampando al final su moraleja: «los sueños negros del carbón y los besos negros se parecen demasiado: acabáis siempre lamiendo un culo».

No pocos han preguntado si no vale entender aquí la «arqueología industrial» que tanto se invoca para mantener en pie feas azucareras o viejas herrerías. ¡Muerte natural, no eutanasia dinamitera!, exigía un nostálgico roblano. Pero dicen que no cabe esta opción, que sería carísimo su mantenimiento; ¿quién se haría cargo? Pues entonces , déjenla en pie, vallen la zona, insiste el nostálgico, y dejen morir todo eso a su aire, bien barato, espectáculo formidable que atraería curiosos para ver cómo trabaja la ruina con el paso del tiempo, siendo a su vez un recordatorio de lo que hubo y mal se soñó, una lección de aquello a lo que no se debe apostar, visto además que para quemar carbón ahí llevándose la ganancia lejos fue necesario dejar un intolerable rastro de devastación natural, vandálica codicia que robó para siempre tantos paisajes con mordeduras y escombreras en todos estos montes de Ancares a Puente Almuhey y cuya fechoría hay que reparar ahora con millonada pública cebando las risitas de las empresas mineras que estuvieron obligadas a ello por una ley que se la sudó. De rositas se fueron viendo lo tontos que somos aquí. Pero faltan por abatir las chimeneas de esa central; a la más alta subí una vez con Isabel Carrasco y desde allí arriba se intuía mejor este futuro.

Mola la voladura
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