LA OPINIÓN DEL LECTOR

Pan para hoy y hambre para mañana

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León

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Tribuna | M. Á. González Rodríguez

ECONOMISTA

La mayoría de economistas y no economistas creen, que en épocas de recesión, es fundamental acudir a la inversión pública para fortalecer de alguna manera la demanda nacional y así empujar el crecimiento; hasta el momento en que el sector privado pueda hacerlo por sí mismo, a partir de entonces es cuando el sector público se iría retrayendo poco a poco, hasta volver a las tareas que le son propias. Y es cierto.

De ahí, que mucha gente, normalmente poco versada en estos temas, defienda los ímprobos esfuerzos que hace el Gobierno de ZP para animar la economía. Pero si lo poco agrada, lo mucho estraga. Porque una vez un organismo alcanza una determinada dimensión resulta muy difícil, sino imposible hacerle volver a su tamaño óptimo. Requiere de sangre, sudor y en muchos casos votos. Si la sangre y el sudor los políticos pueden soportarla porque en la mayoría de los casos son de otras personas, las lágrimas de los votos perdidos no pueden con ellas, esas sí que son suyas y duelen demasiado.

El otro día oyendo unas declaraciones del responsable de uno de los sindicatos mayoritarios me gustó el inicio de su entrevista, que era algo así: «No voy a decir que la culpa la tienen los empresarios, que la tienen», y siguió diciendo lo que quería decir. Y como lo que me gusta procuro aprenderlo y utilizarlo voy a tratar de hacer algo parecido en este párrafo. No voy a apuntar aquí, que el año 2008 principiaba con un saldo en las cuentas públicas positivo de 12,8 mil millones de euros, el 1,23% del PIB, que ese mismo año se cerró con un déficit de 42 mil millones y que en el 2009 superará el -10% del PIB (como el sindicalista ya lo he dicho). Y a pes ar de lo que dig a ZP en el 2010 no vamos a reducirlo al 3%. Que no, principalmente porque no se puede, después porque no quiere y finalmente porque no sabe. Y como ya todo el mundo sabe que miente, una y otra vez y que el lobo está dándose un festín con nuestra economía, los principales organismos e instituciones, erre que erre, mantienen sus previsiones de déficit por encima de los dos dígi tos . Y luego que diga lo que quiera la Salgado. Puesta así la cosa no parece grave, grandes números, macromaganitudes, en fin que a mí no me dicen mucho, se podría decir; y también que hombre, se ha gastado mucho, los estímulos, el flamante Plan E, su continuación, las ayudas sociales, más prestaciones, en fin que es lógico que las cuentas del reino empeoren.

Pero una cosa es gastar mucho y otra es despilfarrar, hacerlo a manos llenas, que más parece lo que se ha hecho por aquí y lo que parece que se va ha seguir haciendo después de conocer las líneas maestras de la insostenible sostenibilidad del nuevo modelo económico zapateril. Y si añadimos que las principales agencias de calificación están recortando la calidad de la deuda española y con ello, incrementando el interés que pagamos por cada euro debido, la cosa escuece bastante porque cuanto más se deba más habrá que devolver. Si, la cosa empeora, cada vez hay que pagar más, pero todos.

Y más negra se pone la cosa, pensando que, lo que se destine al pago de los intereses no queda en nuestra economía; al ser cada vez mayor su importe, más son los recursos que se detraen para satisfacerlos. Por eso no debemos sorprendernos de las subidas de impuestos. Un célebre economista francés F. Bastiat ya se preocupaba en el siglo XIX de hacer entender que los impuestos conllevan más efectos de los visibles que podríamos calificar de más o menos beneficios allí donde se aplican, porque son desviacion es de r ecursos y trabajo de uso privado que dejan de emplearse en lo que sus propietarios consideran más beneficioso, para ser empleados en fines que no siempre son los más útiles para la sociedad en su conjunto. Cuantos más impuestos menos utilidad, y cuantos más deuda más recursos útiles que perdemos. Así de claro. Eso ya sí es malo. Suena a coste de oportunidad negativo y a empobrecimiento social.

Claro que la cosa puede empeorar y como en el caso de Dubai hoy, antes México y los países latinoamericanos o los asiáticos, y es que se produjese un impago de deuda, default dicen los ingleses. Aún no hemos llegado a ese extremo y esperemos no llegar, porque ahí no habrá Unión Europea que nos proteja, ni rescates, ni ayudas, ni nada, cada uno a lo suyo.

Pero no hace falta adelantar acontecimientos, con lo que tenemos encima ya vale. Porque los efectos de esa política activa del sector público lo sufre en sus carnes el sector privado en forma de menos recursos productivos, como se apuntó más arriba y principalmente porque desaparecen sus habituales fuentes de financiación ya que todas van al Estado. Es lógico, por mucho que quiera y se obligue, no se puede dar más garantía que la de su propio país por lo que o buscan formulas de financiación más imaginativas (alquimia) o tienen que pagar más, mucho más por lo que pidan, con lo que los tipos de interés se disparan y pocas empresas podrán acudir para financiarse incurriendo en tales costes. Es un efecto que se llama «crowdin out», el sector público echa del mercado al privado.

Pero esto no acaba aquí. En economía siempre hay que buscar un equilibrio estable, en la teoría de los juegos se llama Equilibrio de Nash, y aún no lo hemos alcanzado. El proceso continúa, ya que el Gobierno, al ocupar el lugar de las empresas y las familias, requiere cada vez de más y más dinero, nuevos fondos y se vuelven a subir los impuestos, y de nuevo se detraen recursos útiles, con lo que se ahoga cada vez más al sector privado, hasta un punto en que les será muy difícil hacer frente a sus obligaci ones fiscales y muchas empresas cerrarán.

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Los recursos de papá-estado serán insuficientes para mantener el tinglado montado y podrá optar por dos opciones o volver a subir los impuestos o acudir al exterior de nuevo para financiarse, seguramente a un precio muy alto, cada vez más y vuelta a empezar, es una espiral que le condena irremisiblemente a una situación donde definitivamente no pueda hacer frente a sus deudas. «Salam Malecum».