Polar Express, el tren de la nieve
Tribuna José Antonio Fernández Llamas
Unas Navidades atrás, pasaron en el cine la película Polar Express , en la que un tren, sólo con niños como pasajeros y tras un recorrido de nieve continua arribaba al reino de Santa Claus. Por las mismas fechas (el 17 de diciembre) pero de un año antes, realizó viaje desde León a Ávila. Fue cuando la gran nevada. De madrugada, los taxis inexistían. Logró alcanzar la estación, a duras penas, alternando la acera, un camino de casi medio metro de nieve, con el sendero marcado por la ruedas de los coches, casi desaparecidos.
Las siete. Primer aviso por megafonía: «El Regional con destino Ponferrada, estacionado en vía tres, no efectuará su salida a causa de la ola de frío». Parecía razonable, ante el muro del Manzanal.
Media hora más tarde, accedo al tren León-Madrid Chamartín. Emprende su marcha en sentido contrario pues, al parecer, únicamente, responde la máquina de cola y resulta preciso acometer maniobra. Enderezado el rumbo, este Polar (Regional) Express perfora, con gran dificultad, la algodonada meseta. El altavoz interior anuncia, a intervalos de cinco minutos, quince más de retraso sin que a los de letras nos terminen de cuadrar las cuentas. En Villada, la máquina guía pierde definitivamente conexión eléctrica. Leve ganancia. Trece meses antes habíamos encallado en El Burgo Ranero-.
En la localidad palentina se suben al tren varios coterrán eos. Entre ellos, una señora la cual (nos lo ha radiado) vive frente a la estación y cuyo marido trabaja en Pipas Facundo, y además tiene un mono (de los de vestir, se deduce; y no ella, el marido). Hechas las presentaciones, rememora junto a una vecina, también habladora, que «resultó mucho peor lo del accidente». «Lo del accidente ferroviario», matiza a continuación.
Un silencio, gélido como la mañana, impregna el vagón. El siniestro de referencia, ocurrido el 21 de agosto del 2006, había causado siete muertos y noventa y cinco heridos. Afirma la buena mujer que fue la primera en socorrer a las víctimas tras percibir el estruendo y la imponente polvareda. Y añade: «Comencé a gritar. La gente bajaba del tren con la cara ensangrentada». Enseguida, se desviven los trabajadores de la emblemática fábrica, muy próxima. Los pasajeros, beneficiarios de la corriente solidaria, agradecen sobre todo el agua e infusiones de tila y manzanilla. ¡Loable respuesta!.
Luego de instantes de reflexión, la señora rompe el hielo comunicando que su destino es el cercano pueblo de Paredes de Nava. La concurrencia sonríe, o murmura, dada la evidente desproporción entre tiempo de espera y distancia kilométrica. A poco, abandona el barco no sin antes señalar que, en su casa, el arcón aguardaba lleno.
Entre tanto, otra mujer (érase una revisora a un móvil pegada) recibe órdenes y contraórdenes constantemente. Con la misma cadencia recorre los pasillos, aunque uno de sus brazos, quizá el izquierdo, opta por quedarse rezagado; a cada vagón, frena de manera brusca recuperando el brazo, adopta de pie una posición casi sedente y, sin variar el descansado ademán, reproduce la misma retahíla aclaratoria. Moderada en sus formas, mantenía la compostura incluso cuando hubo de aplacar a una persona ávida de explicaciones.
Y así fue como, tiempo después, los pasajeros trasbordamos, según conveniencia, hacia León, Madrid y Valladolid. Algunos de los derivados a ésta última localidad tuvimos que coger un tercer tren; los otros, sabedores de tal circunstancia, comentaban: «A los que van a Medina del Campo y a Ávila habría que erigirles un monumento». Ganas me entraron de flamear el pañuelo en apoyo de la moción, pero, finalmente, contuve mi entusiasmo.
Por fin, Ávila ¡con seis horas de retraso! Atrás quedaba la buena gente, como la señora de Villada y la eficaz revisora.
«Antes los trenes no se quedaban tirados», dice un viajero en Valladolid. «Sólo cuando faltaba el carbón», apostilla el entrado en años. Pues eso.