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León

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Mar de fondo | carmen tapia

Los actos para conmemorar el centenario del nacimiento de Miguel Hernández se extenderán por todo el mundo. Recitales poéticos en Rusia, inauguración de una biblioteca en Manila, seminarios en El Cairo, homenajes en Pekín, actividades en la Universidad de Texas, jornadas hernadianas en La Habana...La de Miguel Hernández es una obra necesaria en tiempos de crisis. El cantautor Joan Manuel Serrat, que prepara una gira con una recopilación de la obra del oriolano, dijo el otro día que el poeta había tenido mala suerte hasta en su centenario porque esta efemérides cae de lleno en un año de crisis. Coincido con Serrat en que la mala suerte se cebó con el poeta, que tuvo una vida desgraciada y un final inhumano, pero precisamente ahora es tiempo para la reflexión, para el cambio, para mirar hacia adentro, para modificar el modelo. La obra del alicantino está de actualidad y debería servir, ahora como entonces, para el análisis. Espero que Miguel Hernández ocupe la décima parte del tiempo que los tertulianos dedican a hablar de fútbol. Eso sí sería un buen golpe de narices, una buena jugada. Espero que la obra de Miguel Hernández sea realmente pandémica, no como la gripe A, y que se extienda rápidamente por todo el mundo, que contagie al mayor número de adeptos y que no haya institución, administración ni organismo oficial ni empresarial que presione con una vacuna contra sus escritos. Los poemas de Miguel Hernández son del pueblo y para el pueblo, a caballo entre la generación de 27 y del 39 porque, pese a no ser académico -”nada más lejos de su vida, que tuvo que abandonar la escuela para ser pastor-” sus poemas hablar de dolor, de justicia, de valor, de la vida. «Te me mueres de casta y de sencilla», escribió a su mujer. Y así fue su vida, sencilla, aunque cargada de sufrimiento e injusticia. «Tengo estos huesos hechos a las penas, y a las cavilaciones estas sienes». Que su centenario le haga, por fín, justicia universal.

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