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Nubes y claros | maría j. muñiz

Los pulsos sindicales no son lo que eran, y la capacidad de convocatoria de los sindicatos está en entredicho. Al fiasco de estos días se le están buscando muchas explicaciones: que si protesta blanda para nadar y guardar la ropa entre las medidas anticrisis y el Gobierno afín,... Pero lo que se dice respuesta, más que tibia. Habrá que ver cómo responde la ciudadanía a las protestas de los próximos días, entre ellas las de León y Ponferrada. Aunque en el fondo (a no ser que se dediquen a sumar descontentos de otros palos, que los hay) dudo que nadie confíe en concentraciones multitudinarias.

Tampoco debería confundirse este respaldo con una postura conformista ante la situación, o con un decaído y resignado mirar hacia otro lado. Hay descontento, hay preocupación, hay opinión. Y mucha, mucha información. Pero ¿acaso siguen valiendo las mismas fórmulas de protesta que antaño? Durante los últimos años los sindicatos han ganado en afiliación, en representatividad, en capacidad de gestión y en servicios. Pero ¿cuál es su capacidad de movilización al estilo tradicional?

El caso es que los nuevos tiempos exigen nuevas fórmulas para expresar descontentos. ¿Cuáles? Es tarea de los sindicatos (lo es desde hace ya mucho tiempo) desentrañar este dilema. Las centrales se han convertido en eficaces oficinas de asesoramiento, en pequeñas (o no tanto) instituciones de organigrama bien definido y funciones múltiples. No obstante, ¿están en la onda de la mayor parte de la ciudadanía? Las protestas actuales, las que han pasado y las que vendrán no parecen ser el termómetro de lo que pintan los sindicatos en esta sociedad. Pero constituyen claramente una señal de alarma que les invita a la reflexión y a la redefinición de filosofías, manifiestos y actuaciones. ¿Están preparados para afrontarlo?

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