Un día para superar «ismos»
De siete en siete rafael monje
E l Estatuto de Autonomía de Castilla y León cumple hoy 27 años, una edad envidiable, se mire por donde se mire. Por lo general, con esa edad, una persona está en lo mejor de la vida, con todo el futuro por delante. Y pienso que otro tanto le ocurre a la Comunidad, a pesar de la desbocada crisis y la falta de conciencia regional. Pero a mí, particularmente, me parece más importante que un estatuto, sea el que sea, garantice, por encima de cuestiones identitarias, la solidaridad y la igualdad de oportunidades entre todos los ciudadanos.
Es cierto, somos gente sencilla, muy dada a un innegable conformismo con el estatus quo, pero tampoco vamos a ser siempre los más tontos de la clase como algunos se empeñan en hacernos ver. Decía Tarancón que los obispos tenían torticolis de tanto mirar a Roma, y a veces nos empeñamos en tener esa misma dolencia de tanto mirar de reojo al vecino. Mientras el progreso de una provincia despierte voraces recelos en las demás, mal vamos. Pero peor es tratar de endemoniar a la que, cumpliendo sus deberes, se la pone permanentemente en el ojo del huracán por el simple hecho de perseguir lo mejor para sus ciudadanos.
La complicidad plena en el impulso autonómico no puede venir desde imposiciones o discursos maximalistas, sino desde la inequívoca voluntad de integración a quienes también tienen el legítimo derecho a la discrepancia. Se trata de aunar esfuerzos desde la pluralidad y no de mermar el resultado de la suma parapetados en una complaciente e irracional crítica a la diversidad.
En el acto institucional que acogen hoy las Cortes regionales se concede un emotivo galardón a la Real Colegiata de San Isidoro de León, todo un símbolo histórico y mundial de la verdadera esencia de la democracia y que no es otra que la participación y la audiencia al pueblo, que es siempre soberano. Y a esa esencia es a la que pretendo apelar, no hoy ni mañana, sino siempre.
Tampoco creo que una norma jurídica, un decreto ley o un estatuto sea la panacea a nuestros males. Más bien es una herramienta básica que debe procurar la mejor calidad de vida para los administrados, pero sobre todo son éstos quienes con sus ilusiones, sus proyectos personales y sus anhelos hacen que una comunidad prospere y pueda jugar en primera división. Y el pesimismo, el victimismo y el provincianismo no son buenos compañeros de viaje. Los «ismos», me insiste un buen amigo, no son nada buenos, pero le replico que el autonomismo, «el autonomismo útil» que por ejemplo defiende con probada vehemencia el máximo responsable de esta Comunidad, es el que permite inversiones millonarias en cada pueblo y ciudad y, en consecuencia, el progreso social y económico por encima de localismos y otros muchos «ismos».
Debemos superar esos «ismos» y pensar qué podemos hacer por esta Comunidad y no tanto qué hace ella por nosotros. Sin altura de miras y liderazgos fuertes, sin una apuesta clara por la ordenación del territorio, la Comunidad celebrará más años el Estatuto de Autonomía, sí, pero el soplido para apagar las velas se rá igual d e tenue y fug az. Y, sinceramente, tampoco nos lo merecemos.