Biblioteca Regional
En blanco | javier tomé
Po ngamos que hoy les hablo de la Biblioteca Regional, ese almacén de conocimientos consagrado a preservar el palacio de la memoria leonesa. Aseguran que por el grosor acumulado en los lomos de los libros de una biblioteca puede medirse la cultura de un pueblo, evidencia que se pone de manifiesto en el edificio Fierro, un hábitat de camaradería y buen rollo que se dedica a tiempo completo a repeinar lo mejor de la historia de nuestra tierra. Imbuida de la compostura estética de otras épocas, el rigor a tiempo completo es la principal marca de la casa de la Biblioteca Regional, una burbuja de vida amable y culta en la que nos hablan las almas de los muertos que, a lo largo de los tiempos, han dedicado sus esfuerzos a crear un telar de tradiciones y tendencias que llevan el genuino sello de lo leonés. Si nos referimos a tan noble y selecto recinto, resulta imposible obviar la figura de Valentín Yugueros, gran catedrático del sentido común bajo cuya sabia tutela tantas horas y risas hemos compartido.
El querido Valentín se dedica ahora a su escultura, sustituido en la biblioteca por una nueva generación que capitanea en la actualidad este espacio de convivencia, reflexión, lectura y estudio que funciona con la precisión de un reloj suizo. Al frente de los mandos se halla Roberto Soto, bien escoltado por el multiusos Alberto, Marta, la rubia Alejandra, María Jesús y la dulce Silvia. Garantizando la limpieza y el buen orden de un universo tan acogedor y entrañable, Aurita y mamá Tina. Y al otro lado del mostrador, por así decirlo, nos apiñamos un puñado de entusiastas dedicados a exprimir en lo posible el tejido vivo del recuerdo. Así a la memoria me vienen Evelio, el siempre atareado Guillermo, Porfirio o el propio Eduardo Aguirre. Un círculo de relaciones que cumple al pie de la letra el tan apropiado refrán: libros, vino y amigos, que sean antiguos.