Jardines
Fronterizos | miguel a. varela
Con su contundente estilo, Adolfo Marsillach lo dejó escrito en sus espléndidas memorias: «Conviene que los actores sean inteligentes, pero no es absolutamente necesario que lo sean». Willy Toledo, que es un actor notable, ha puesto de manifiesto estos días que no necesariamente sus cualidades como intérprete llevan pareja inteligencia en su confusa visión del mundo. Calificar, con un lenguaje que nos lleva directamente al franquismo, de terrorista y traidor a la patria al humilde albañil fallecido por huelga de hambre en las cárceles cubanas, sitúa el posicionamiento político del actor en el trastero de la historia. Cuanto más ha matizado sus afirmaciones, más se ha ido metiendo Willy en un jardín pantanoso que ha sido aprovechado, claro, por los medios más conservadores para disparar toda su florida artillería. A un tertuliano de este activo gremio, cuyo nombre no me interesa lo más mínimo recordar, le pareció poco cuestionar el talento del intérprete y aportó un dato decisivo en el debate: «Willy Toledo la tiene pequeña», lo cual supongo que explica todo lo demás y sitúa a Nacho Vidal en la cúspide intelectual del país. Muchos pensamos que el sistema capitalista hace aguas por todas partes y necesita un recambio. Entre ellos, alguien tan poco sospechoso de sectarismo como José Luis Sampedro, que estos días hacía unas declaraciones contundentes en ese aspecto. Pero vincular el pensamiento de cambio con sistemas totalitarios fracasados, monarquías hereditarias revolucionarias y demagogia liberticida es tomar un camino hacia ninguna parte o, peor aún, hacia un pasado que «como toda esperanza, dejó cinismo», como señaló Gunter Grass sobre el comunismo. Pese a todo, a Willy Toledo lo seguiré respetando como actor, aunque creo que alguien debiera aconsejarle que evite el campo del análisis político, para el que la diosa Talía no parece haberle concedido el más mínimo don.