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León

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Historias del reino margarita torres

En 1791, una mujer valiente llamada Olympe de Gouges alzó su voz en defensa de los derechos de la mujer en medio de la Revolución Francesa. Si hay una dama que merezca calle en todas las ciudades del mundo es ella, aunque para la mayoría se trate de una perfecta desconocida. Defendía mi admirada Gouges que la mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derecho al voto, a la propiedad, a la educación, a ejercer cargos públicos, hasta a formar parte de las Fuerzas Armadas, que ya es echarle narices la señora en 1791. Sus revolucionarios compañeros, más de gallinero que de pensamiento, la miraban de reojo, suspicaces, envidiosos de su brillantez, y encontraron el hueco perfecto para eliminar el incómodo problema de esa femenina cabeza haciéndola rodar cuando se opuso a que Luis XVI fuese guillotinado. Un rasgo de misericordia hacia el vencido que le costó sentencia por traición.

Acabamos de celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que es sinónimo directo de Mujer a secas. Este tipo de recordatorios anuales, semejantes en importancia al Año Internacional de la Mujer que proclamó en 1975 la ONU, suponen un toque de atención ante una realidad bien distinta a la que se cacarea: la situación de la mujer dista de igualdad con la del hombre. Las listas paritarias asemejan un remiendo a la discriminación, más en ellas mismas radica tal concepto pues nunca se valora que ocho mujeres brillantes releguen a dos hombres, como si inteligencia, preparación y capacidad de liderazgo fueran cualidades inherentes al macho y rara característica en la hembra. Todavía hay algún organismo unineuronal que convierte en candidata al pivón de turno, para que decore el parlamento, o rescata a la niña mona de encefalograma plano, porque la otra, la que le discute, argumenta sólido y hasta le vence, molesta a mucho varón, que no encuentra otro medio de recolocarla en su puesto que el consabido «mujer tenías que ser» y a otra cosa mariposa.

Durante el siglo XIX, las mujeres regresaron al silencio de las fábricas, al trabajo del campo, al de la familia a mayores. Nadie contaba con ellas. Gouges pasó al olvido. Hasta que en 1857 un grupo de obreras textiles protestó en Nueva York contra las condiciones de trabajo. Medio siglo más tarde, en 1908, en el mismo lugar y procedentes de semejante gremio de trabajadoras, un puñado de mujeres valientes se declaró en huelga para defender sus derechos laborales, pedir un aumento de sueldo, reducción de jornada y el fin de la explotación infantil que a sus compañeros varones importaba un regio pito. 129 de ellas murieron quemadas en la fábrica Cotton Textile Factory un 8 de marzo de ese año. En 1910, el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas de Dinamarca propuso esa fecha para conmemorar su gesta. A partir de entonces, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Un color, el amatista, o lila, como prefieran, recuerda su lucha, todavía viva en los millones de mujeres que en la actualidad sufren en sus carnes la discriminación real del sueldo y las promociones. Por cierto, un color asociado a la realeza espiritual. Seguro que Gouges, desde el cielo, sonrió al saberlo.

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