Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Esa era la pregunta que después de cada pifia planteaba Steve Urkel antes de salir huyendo. «¿He sido yo?», repetía en cada episodio. La respuesta siempre era afirmativa, pues para los guionistas culpar al mayordomo es lo socorrido. Pero en el mundo real, las culpas y las inocencias no son tan fáciles de discernir.

En esta crisis que padecemos, que es nuestra vajilla rota, nadie se hace la pregunta urkeliana, aunque algunos son acusados directamente: «Has sido tú». Lo cierto es que la porcelana financiera no ha podido hacerse añicos ella sola, pero ahora lo prioritario es buscar un buen pegamento. Lo primero, reparar el destrozo. Ya habrá tiempo luego de saber si ha sido él o no. Uno sospecha que, como en Asesinato en el Orient Express , la novela de Christie, la víctima -”en este caso la Economía-” también ha muerto asesinada de muchas puñaladas, cada una asestada por un viajero de primera, por un móvil diferente.

Por tanto, mientras que Hércules Poirot investiga, y sólo hubo un caso que no pudo resolver, busquemos entre todos dicho pegamento, con el que reconstruir la vajilla común, ahora convertida en un puzzle disperso, y ya habrá tiempo para esposar al culpable al potro de torturas. Porque ¿y si resulta que, por una vez, no ha sido Urkel?, ¿y si estamos ante la excepción, como ese único caso que el inspector belga no supo resolver? La familia Winslow parece que nunca ha roto un plato, y ya se sabe cómo se las gastan los de apariencia angelical, no es necesario ser experto en novela negra. Algunos propondrán, ante el currículo de catástrofes del principal sospechoso que se le mantenga encerrado en el ropero mientras dure la crisis, pero Steve tiene derecho a la presunción de inocencia. Eso sí, manténgasele alejado del pegamento. Por si acaso.

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