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León

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Mar de fondo | carmen tapia

L a universidad Jaume I ha realizado un estudio que afirma que el 12% de la población tiene adicción al trabajo, obsesión patológica que se puede comprobar en todos aquellos que laboran más de 50 horas semanales, como rasgo primordial. La adicción al trabajo debería medirse con otros parámetros que no sean las horas de estancia en la oficina porque todos y todas conocemos a personas que permanecen en sus puestos más horas por razones que nada tienen que ver con la productividad y son incapaces de desvincularse de sus tareas incluso en periodos de descanso. La inseguridad suele estar detrás de estos comportamientos y se evidencia en la necesidad de hacerse imprescindible. No soy psicóloga, pero la experiencia laboral me ha demostrado que la adicción al trabajo está alimentada por el miedo, temor a ser sustituidos, una inseguridad que muestran los gigantes con pies de barro. No les gusta la competencia, por eso no delegan funciones, y, al tiempo de trabajo, suman horas para diseñar estrategias que les permitan mantener el control. Tras más de veinte años en el mundo laboral me he encontrado con perfiles tóxicos, hombres y mujeres, y tengo que decir que, al final, la vida pasa factura. La adicción patológica al trabajo esconde otras carencias que los equipos de recursos humanos de las empresas deberían analizar para evitar que los afectados acaben con la motivación del resto de la plantilla. Lo peor de estos trabajadores es que, si son responsables de un equipo, arrastran a los compañeros a horarios imposibles, poco saludables. Menos horas de trabajo no significan menos productividad, son consecuencia de una buena organización que permite conciliar la vida laboral y familiar porque, sobre todo en los trabajos más creativos, la dedicación no sólo se mide en horas de oficina, sino en la ilusión para llevar a cabo proyectos que supongan un valor añadido para la empresa y el trabajador.

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