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León

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El baile del ahorcado cristina fanjul

Marga, te prometo que ha sido accidental, lo de coincidir en el tema digo, aunque creo que éste es un encuentro inverso. Porque a mí no me gusta la Semana Santa. Lo siento, preferiría no presenciar cómo se convierte la intimidad en exhibición, cómo se retuerce la Pasión para convertirla en una simple demostración de soberbia provinciana. Creo que las procesiones son una cabalgata de vanidad y que muchas veces el pretendido sacrificio esconde bajo el capillo una ceremonia de arrogancia. Abades, seises, papones, braceros... puestos que se reparten para cumplir con los anhelos del «quiero y no puedo», del «usted no sabe quién soy yo», de una sociedad, la leonesa, que es heredera de su historia, por supuesto, y que hoy más que nunca es ese hidalgo que esparcía migas de pan por su barba y que no se da cuenta de que en la aldea global ya no hay señores que valgan ni abuelos que iban en aiga o, en este caso, pujaban el Nazareno. Pero, ya ven, llega la Semana Santa y las viejas historias se hacen actuales y por un momento parecería que León es otra vez Maceda y los Compson renacen de sus cenizas.

No es una enmienda a la totalidad. Creo que hay gente que vive con contricción la Semana Santa, que intenta acompañar con su sacrificio la pasión de Cristo, que trata de hacerse digno de un momento y un designio divino que, para muchos, arrolló la historia de la humanidad y creo, también, que el espectáculo estético puede en algunas ocasiones hacer sentir a los fieles que el cielo vuelve a temblar por la muerte de Jesús. Pero lo que más se ve es una gran feria de vanidades, una versión un tanto palurda de los personajes deformados por Truman Capote en Plegarias atendidas.

Pero mañana es aún Domingo de Ramos y Jesús será aclamado como hijo de Dios a su entrada en Jerusalén. Tiempo habrá para que eche a los mercaderes del templo.

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